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El discurso

Adelaida se sentó en el sofá. Observaba la gente a través de la ventana. La música de Bach la relajaba. Cerró los ojos permitiendo que las notas llenaran sus oídos. La puerta se abrió sorprendiéndola.

—Hola —indicó Alberto al entrar.

—¿Es tan tarde?

—No. Salí temprano de la oficina. ¿Qué tal va el discurso?

—No va.

Alberto se sentó a su lado, la tomó de los hombros y acarició su antebrazo. Ella le sonrió, luego agachó la cabeza.

—Quisiera decir algo inspirador, pero no encuentro las frases, o el tono que me agrade.

—Los chicos no vendrán, tienen muchas tareas. Comamos por ahí. Un descanso te servirá para que mañana tus palabras sean las mejores de tu vida.

El ambiente en el restaurante era cálido, la iluminación suave al igual que la música romántica de José José.

♫Un día llegará quizás que tenga que pagar muy caro, por no saber decir que no, al ansia de llegar más alto. ♫

—¿Crees que algún día tenga que pagarlo? —Su voz era un murmullo.

—¿De qué hablas? ¿De tu elección?

—Me hubiera gustado que todo hubiera sucedido de una manera distinta.

Unos meses atrás Alondra Sifuentes, sentada en su mesa, le hablaba de su propuesta. Podría ser la directora de la paraestatal en la que trabajaba. Un mejor sueldo y la posibilidad de avanzar en su carrera.

—Pero según las reglas, debo tener más de diez años de servicio. Además aún no he terminado la maestría. Entiendo que es indispensable.

—No te preocupes esas son nimiedades que resolveremos. Hay gente que me debe unos cuantos favores. Los votos yo los conseguiré. —aseveró Alondra.

La música de José José cambió por algo más moderno. Su esposo la miraba con ternura. Ella correspondía con una sonrisa nerviosa.

—Me siento confundida, tal vez eso no me permite redactar.

—Tú no rompiste las reglas, fueron ellos. Era una oportunidad que no se podía dejar pasar. Sé que puedes hacer mucho bien en ese lugar.

Adelaida observó a su marido, frunció la frente, abrió su boca intentando decir algo. Al final, optó por el silencio.

Esa noche sentada en el desayunador, intentaba terminar su discurso. Escribía unas líneas, luego las borraba. Sonreía ante una frase, torcía sus labios ante otras.

Julio, su hijo adolescente, entró a la cocina. Tomó una bebida del refrigerador, se acercó al papel que su madre garabateaba y dijo:

—¿Aún no lo tienes listo? Mañana será el día, ¿no?

—Me está costando mucho esfuerzo escribirlo. Tal vez no estoy concentrada.

—Deberías imaginar una situación diferente.

—No te entiendo.

—Sí, solo imagina que no hiciste trampa, y te será más fácil redactarlo. —El chico sonreía de una manera franca—. ¿Tú qué crees, Alicia? —preguntó a su hermana que entraba en ese momento—. A mamá se le dificulta escribir su presentación.

La chica se encogió de hombros e indicó: —Yo qué sé.

—¿No te hace sentir orgullosa que haya obtenido ese puesto? —Adelaida preguntó a su hija, ansiosa por la respuesta.

—Me agrada que puedas comprarme el teléfono que te pedí. Si puedes colarte a otro puesto de la misma manera sería grandioso para mí.

Los chicos salieron de la cocina, charlando de la escuela y cosas que solo ellos entendían. Adelaida tomó el lápiz continuó la redacción de su discurso. Esta vez las palabras surgieron sin esfuerzo. Mañana sería un gran día. Dobló la hoja y comenzó a llorar.

La Verdad

No son necesarios los disimulos. Bordear nuestro cuerpo con incertidumbres vanas. Dejar abiertas heridas tan profundas que alteren nuestro espíritu hasta dejarlo hueco, estático, moribundo. No son indispensables los engaños. Más allá de nosotros mismos, me perteneces y te pertenezco. Sin que exista más verdad…  Por ahora.

Tal vez después te irás. Te arrastrará la vida, de la misma manera que ahora nos ha unido. No hay más. No hay espacio para engaños. Simplemente estamos aquí ahora.

La verdad eres tú. La verdad soy yo.

Cuando muere el amor.

 

 

Te vi pasar, tan lejana, tan ausente, como si hubieran sido siglos los momentos sin mí. No pareces extrañarme. Ni que mi ausencia aún te duela. Parecías feliz, segura de ti misma. Fuerte como una roca. Volvió tu sonrisa, aquella que creías haber perdido.

Si hubiera sabido cuanto me dolería tu olvido, jamás me hubiera arriesgado a perderte. La lección ha sido muy dura. Tarde aprendí a no jugar con el amor. Me sentía tan confiado de que nunca te perdería, que no me detuve antes de lastimarte. Al final quien más perdió fui yo.

Después posaste tu mirada en la mía, tan profunda como aquellas veces que me mostraba tus sentimientos. Pero que ahora solo me regaló indiferencia. ¿A dónde se fue tu amor? ¿Acaso se quedó enredado entre todos mis descuidos? Intenté encontrar algún resquicio de la gran exaltación que tiempo atrás te provocaba mi presencia, encontré, sin embargo, la frialdad de una piel dormida ante mi contacto

Un beso en la mejilla como un insensible símbolo de lo que significa el olvido. Un cómo estás sin pasiones, ni el interés de la respuesta. ¿Dónde guardaste mis recuerdos? ¿En qué lugar perdido en tu conciencia encerraste los momentos que vivimos?

—He pensado mucho en ti en estos días —acerté a expresar con torpeza. Sonreíste indulgente pronunciando un simple adiós. Deseaba decir algo que te hiciera recordar lo que antes te unió a mí, pero no encontré nada que pudiera cambiar tu indiferencia.

Ese fue el final de la historia. Hubo tanto amor en ti, tanto, como ahora hay olvido. Te vi alejarte; con cada uno de tus pasos percibí el agonizar de mi esperanza. Cuando muere el amor, no queda más que vacío.

Impacto

A través del parabrisas, Regina observó al conductor del automóvil frente al suyo, aproximándose con tal rapidez que el accidente fue inminente.

Por la mañana no había desayunado, a pesar de los ruegos de su madre. Cada mañana era lo mismo. No le apetecía, pero ella insistía en preparar algo. Lo entendió en el instante que la mirada sorprendida del chico, se clavó en la suya. No había podido agradecerle lo que hacía por ella cada día.

Escuchó el sonido del metal chocando con otro metal. La blusa azul cielo que llevaba puesta era de su hermana Luisa. Vislumbró la mancha que quedaría, causada por su sangre. La tomó sin permiso, aun sabiendo cómo le molestaba que no le pidiera las cosas antes de tomarlas.

Observó los pequeños pedacitos de vidrio e imaginó que cada uno había atrapado un momento exacto de su vida.

Más sonidos, más dolor. «Te extraño, papá. Lamento haberme molestado contigo por tu nueva familia». Fue su último pensamiento.

Lluvia

La lluvia no cesa. No soporto el sonido del agua sobre la acera, no disfruto observarla a través de las ventanas. El sol se esconde, igual que mis deseos de continuar.

Antes me gustaba, antes salíamos a mojarnos la cara con las gotas frías, sin importarnos el invierno o la gente que nos miraba, porque tus brazos me abrigaban y me protegían de todos.

Hoy prefiero estar aquí en la oscuridad, encerrada, cobijada con mis angustias y mis recuerdos de ti. Las cortinas corridas para no ver la calle.

Recuerdo tu olor y tu voz profunda, me siento muy poco, tan sola sin ti. Me hacen falta tus manos, quisiera dormir y despertarme cuando el sentimiento que me abruma hoy, haya desaparecido.

Estoy llena de ausencia y vacía de sentido.

Olvido

¿Cuándo dejará mi boca de besar tu imagen?

¿Y mis oídos de escuchar los te amo que no pronunció ya?

¿Cuándo mis ojos se cerrarán por las noches, sin que aparezca tu imagen burlándose de mi vida?

Me pregunto si mis sueños alguna vez dejarán de correr hasta ti, intentando de manera absurda alcanzarte.

Tal vez el tiempo me entregue el olvido, mientras tanto mi boca solo tiene el sabor amargo de tu adiós.

Visitante

Al despertar vio a un hombre desconocido dentro de su alcoba, de espaldas a ella, mirando hacia la calle por la ventana.

—¿Qué hace aquí? ¿Quién es usted? ¿Cómo entró? —Yamilet buscó su celular sobre el buró.

El hombre giró hacia ella y sonrió con indulgencia.

—Son demasiadas preguntas, que no puedo responder. No hay tiempo. Necesitas escapar. Mañana la policía te arrestará por asesinato, la única manera de evitarlo es que huyas ahora mismo.

—Entiendo, intenta tranquilizarte. Si me das el número de algún pariente o amigo, puedo llamarlo y pedir que vengan a buscarte.

Ella se dirigió a la sala, donde tomó el teléfono, pero la línea estaba muerta.

—Estamos detenidos en el tiempo, no hay ninguna señal por ahora. No tienes que creerme, solo mira por la ventana.

A través del vidrio, pudo observar los mismos edificios de siempre, automóviles, y gente, pero esta vez estaban congelados, como estatuas.

Sintió un escalofrío, el hombre en cambio, parecía sereno.

—¿Y a quien se supone que mataré?

—A mí. Golpearás mi cabeza tan fuerte, que moriré al instante… El tiempo volverá en un segundo. ¡Escapa!

Yamilet despertó y vio a un desconocido dentro de su alcoba, de espaldas a ella, mirando hacia la calle por la ventana. Tomó la lámpara y lo golpeó tan fuerte como pudo.

Café Por La Mañana

Javi estaba sentado a la mesa mientras Selene le apuntaba con una pistola. Sus dedos en el gatillo temblaban, al igual que sus emociones, pero no era momento de ser débil.

—Adelante. ¿Qué te detiene?—la alentó mientras daba un nuevo sorbo a su café.

—No creas que no lo haré.

Se encogió de hombros y por primera vez la miró a los ojos.

—Si disparas, acabará esto de una buena vez. Terminarán los celos, las venganzas, los intentos por escapar de esta relación, que lo único que logran es reunirnos de nuevo. Hazlo, no lo dudes.

Él siguió tomando su café y ella, con la pistola entre sus manos. Observó el celular sobre la barra, apuntó al aparato y tiró del gatillo. Luego se sirvió una taza y se sentó a su lado.

—Tómalo pronto —indicó él con calma. No tardaran los vecinos en venir a preguntar qué sucedió.

La Muerte De Su Amada

Él le demostró que la amaría por siempre.

Ella evitó mirarlo para no acurrucarse entre sus palabras y su hermosa mirada, lanzó un beso al aire, que avanzaba hasta él.

Él le juraba que ella estaba impregnada en cada gota de su sangre mientras sus labios acariciaban su rostro.

Ella no sintió el beso en su piel, sino en su espíritu, donde guardó todo ese amor. Luego, avanzó hacia el lugar que la llamaba.

 

La Niña Del Colegio

El edificio escolar era una casa antigua. El jardín del frente era pequeño y abierto.  El estacionamiento estaba a una cuadra del lugar. El padre de Ana debía viajar, por lo que ese día decidió dejarla en la escuela media hora antes de lo normal.

—Gracias. Buen viaje, papá.

—¿Estás segura de que don Pedro estará por aquí?

—Claro que sí. Siempre abre la escuela y enciende las lámparas para recibir a los primeros alumnos. No te preocupes, estaré bien. Ya tengo diecisiete, no lo olvides. Si está cerrado, tocaré.

Las puertas del colegio estaban abiertas, aunque las luces no habían sido encendidas aún, no le pareció extraño, era probable que se encendieran en un momento más.

—Don Pedro —llamó la chica al velador que con seguridad debía andar cerca. —¿Está por ahí?

No hubo respuesta. Decidió entrar, tal vez lo encontraría por los pasillos. La oscuridad era total. La ausencia de alumnos daba una imagen extraña al sitio, si se comparaba con el bullicio normal a la hora de clases.

Dudó un instante si continuar por el pasillo, o regresar al jardín hasta que encendieran la luz, pero le dio miedo quedar expuesta a cualquier persona que rondara la calle, continuó buscando al velador.

Escuchó unos pasos, aunque no pudo definir de donde provenían. Pensó que era él y se sintió un poco aliviada. Sin embargo, el sonido cesó unos instantes después.

Continuó por los pasillos, tal vez podría entrar al primer salón y prender un foco. El camino se le antojó más lejano de lo normal, aunque pudiera ser la sensación de oscuridad, que no le permitía ubicar las distancias con exactitud. Encontró un aula y entró, sintió las paredes con sus manos buscando el interruptor, al encontrarlo, se decepcionó al observar que nada pasó al apretar el botón.

—Ana, Ana.

Una voz dulce e infantil pronunció su nombre, de nuevo no pudo definir la procedencia del sonido. El lugar olía a rosas, le pareció extraño no haber percibido el olor un momento antes.

—Ana, ven.

Escuchó de nuevo la voz. Se sintió tentada a seguir el rastro de la fragancia, aunque al mismo tiempo la invadió el temor.

—¿Quién eres? ¿Dónde estás? —le inquirió a la voz.

Un escalofrío recorrió sus brazos, se sintió vulnerable y corrió en dirección a la salida. Tal vez estaría mejor en el jardín.

Un rayo de luz iluminó el lugar. Ana giró hacia las oficinas de la escuela y pudo observar a una niña que entraba en un cubículo. Llevaba un vestido que le llegaba a los tobillos de color naranja y zapatos blancos. Dudó en ir tras ella o seguir corriendo al jardín.

Se decidió por lo segundo. Bajó los escalones de la entrada y se sentó a un lado de las flores. El aroma a rosas penetró de nuevo, si bien, esta vez tenía lógica, las rosas estaban cerca.

El horizonte comenzaba a tener un color diferente al resto del cielo, pronto la luz del día iluminaría la ciudad. La tensión abandonó su cuerpo. Sonrió y se sintió tonta por sentir miedo. Lo más probable es que la chiquilla de la oficina, fuera alguna alumna de primaria que como ella, llegó temprano.

Se levantó y resolvió volver a entrar, justo en ese momento se encendieron de nuevo las luces del colegio. Se acercó a la puerta de entrada e intentó abrirla; sin embargo, parecía tener cerrojo. Lo intentó de nuevo, extrañada de que estuviera cerrado.

Al otro lado se escuchó la llave que entraba, giraba y abría el picaporte. Don pedro la abrió de par en par, y la saludó un poco sorprendido de lo temprano que había llegado al colegio.

—Jovencita, es muy temprano para que usted esté aquí.

—Hace más de quince minutos que llegué.

—Dios santo, no debió exponerse a estar casi en la calle, me hubiera tocado para abrirle antes.

—De hecho la puerta estaba abierta.

—Eso no es posible. La cerré anoche y es hasta ahora que la estoy abriendo en espera de los primeros alumnos. Pase, hoy será la primera.

Ana entró confundida, no quiso insistir, aunque ella sabía que estaba abierta, eso era verdad.

—¿Soy la primera en llegar? Pero la niña de cabello ondulado y vestido naranja llegó antes que yo.

Don Pedro abrió los ojos con asombro, luego su mirada cambió a molestia.

—No me diga que usted también va a empezar con las bromas de la niña fantasma.

—¿La niña fantasma?

—No siga bromeando. Ya me han dicho mucho de la pequeña que según ellos ven por la escuela. Son juegos de muchachos burlones. Llevo muchos años trabajando de velador en este colegio y no hay ningún fantasma, eso se lo aseguro.

Ana no dijo más. No quería molestar a don Pedro. Prometió que nunca llegaría a la escuela antes del amanecer.

Perdido

Caminó hacia el cuartucho oscuro. No había nada en esa habitación. Unos periódicos viejos que hacían de cama. Un plato sucio y fétido que indicaba que había pasado bastante tiempo desde la última vez que probara un bocado. Aun así no sentía hambre. Sentía una pesadez en su cuerpo… No, tal vez lo que pesaba era el alma, que a pesar de armonizar con ese cuarto vacío, le pesaba cual si fuera el alma de un viejo que estuviera cansado de la vida.

¿Cuántos años tenía? ¿Cien? ¿Setenta? …No, tal vez veinte, treinta. No recordaba con exactitud cuánto tiempo había pasado desde la última vez que celebró un cumpleaños.

Fue algo extraño. Una nueva sensación recorrió su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo estaba consiente de sí mismo. Notó el daño tan grande que las drogas dejaban en su cuerpo enfermo. Pero no era capaz de dejar ese mundo. No se sentía con fuerzas para recoger los escombros de su vida, para sobre ellos edificar una nueva dignidad.

Caminó hacia la calle y se perdió entre ese mundo en el que se encontraba inmerso. Muy lejos quedaron, la familia, los sueños, la vida misma. Para él, todo eso había quedado atrás, atrapado entre humo y suspiros.