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Inquebrantable

—Buenas tardes —indicó la joven—. ¿Puedo ayudarla?

—Buenas tardes. Mi nombre es Eunice Silva. Estoy visitando a mi prima Nidia Ramírez, pero no recuerdo el número de su cuarto, podría informarme, por favor.

La chica observo su nariz delgada, al igual que su rostro. Y el movimiento delicado de sus manos al hablar. Su cabello castaño en un lindo contraste con su piel bronceada. Dejo de mirarla para buscar los datos en la computadora. Se detuvo al escuchar las palabras de la doctora Sifuentes.

—La atendí ayer por la mañana en el momento de su llegada. Esta en el cuarto tres cero cinco, aunque es posible que aún este bajo el sedante que le prescribí. Llegó muy lastimada. Su estabilidad emocional comprometía la ya deteriorada condición física de su cuerpo, consideré necesario mantenerla con sedantes.

—Entiendo. ¿Podría pasar a verla? Solo serán unos minutos.

La doctora le indicó el camino. Esta vez Eunice caminó lento. Titubeante, se detuvo frente a la puerta de la habitación indicada. Suspiró un momento y dio el paso decisivo dentro del lugar.

Nidia dormía como le indicaron, tenía moretones en su rostro, gasas sobre su frente que probablemente protegían una sutura. Su labio mostraba una pequeña abertura cerca de la comisura. El brazo izquierdo descansaba sobre su vientre cubierto por un vendaje. Las demás heridas de su cuerpo, las protegía la sabana que la cubría.

Sin pensarlo, comenzó a acomodar su cabello detrás de sus orejas. Observó una cicatriz cerca de la oreja, parecía de años, tal vez los mismos que tenía unida a Rafael.

«Hay un hilo rojo que une a las personas; se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá»

Recordó las palabras de su abuela que invocaba al destino como responsable de las uniones de los seres.

—Pues hay que torcerle, Nidia. Darle miles de vueltas de ser necesario para romper ese hilo, que solo existe en tu imaginación y en las historias de una mujer de otra época.

Nidia abrió los ojos en ese momento. Sus parpados se abrieron con lentitud mientras su mente intentaba separar los sueños de la realidad.

—¿Eunice?

—No intento molestar. Solo quería asegurarme que estás bien.

Nidia se quedó mirándola por varios segundos antes de mostrar un intento de sonrisa. Giró su rostro al lado contrario y en un susurro le aseguro que estaba bien.

—Debo irme. Pero si necesitas algo, solo búscame, si alguien puede entender lo que te pasa soy yo.

Observó a Eunice de nuevo, luego cerró los ojos.

Acarició su cabello una vez más. Observó sus heridas, y no pudo evitar llorar ante esa escena. Luego se alejó con rapidez, como si huyera de algún recuerdo hiriente.

Agradeció a la enfermera que continuaba trabajando frente a la computadora, que levantó la vista para responder, mientras la veía alejarse con el paso de una mujer que parecía inquebrantable.

Subió a su automóvil, recargó su cabeza en el asiento. Comenzó a recordar la última fiesta de cumpleaños de Nidia a la que había asistido. La había ayudado en la organización de la fiesta. Todo quedó perfecto. Eunice compró un vestido de moda color aqua que caía de su hombro con suavidad, con un cinturón negro que acentuaba su cintura, no demasiado corto, pero si lo suficiente para lucir sus piernas.

Ella estaría en casa de Nidia desde la mañana preparando los últimos detalles. Rafael llegaría por la noche para acompañarla en la fiesta. Él sabía que le gustaba bailar y disfrutar las fiestas desde pequeña. Tan pronto escuchaba sus canciones preferidas y comenzaba a bailar sin detenerse hasta el final de la velada.

Rafael y Eunice se conocieron en la universidad; ella empezaba la carrera y él casi terminaba. Comenzaron su relación unos meses después de conocerse. Todos imaginaban que se casarían al terminar los estudios.

Escuchó la canción que estaba de moda y comenzó a bailar como siempre. Un amigo de Nidia se acercó y comenzó a bailotear a su lado. Justo en el instante que Rafael entraba a la casa. Se quedó observándola, hasta que ella notó su presencia. Dejo de bailar y se sintió muy nerviosa. Conocía la reacción que esto provocaría en él.

—Ahorita vengo —le dijo al joven y se acercó a su novio.

—Siéntate —le ordenó molesto. Ella obedeció sin decir nada. Se acercó a su oído y susurró—. Te gusta atraer las miradas de los hombres, ¿verdad?

Ella no respondió. Él fue a traer algo de beber. Luego se sentó a su lado sin decir nada más. Los amigos se acercaban alentándolos a comenzar a bailar. Él sonreía e indicaba que lo harían en un momento.

Nidia se acercó y le pidió ayuda a Rafael con unas cajas.

—En seguida vuelvo.

No dijo más pero su mirada le indicaba que no se moviera de ese lugar.

Eunice lo vio alejarse junto a Nidia, sin pensarlo salió del lugar. Caminó las cinco cuadras que separaban su casa de la de su prima casi corriendo. Entró y se encerró en su cuarto.  Se acercó a la ventana y recordó otros momentos, cuando el enojo de Rafael le hacía decir cosas que la lastimaban. Desde que estaban juntos, comenzó a comportarse diferente, de acuerdo a lo que no le molestaría.

—¿Cuándo deje de ser yo misma, para convertirme en lo que él quiere? —se preguntó en voz alta, como para poder escucharse mejor, que si fuera solo un pensamiento.

Luego lo vio llegar. Se estacionó frente a la puerta de su casa, tocó el timbre; su hermana pequeña abrió la puerta para dejarlo pasar.

—Eunice —le grito su hermana.

Por un momento pensó en no bajar. Se quedó parada frente la escalera, pero él subiría o tal vez haría un escándalo delante de todos.

Bajó despacio. Sentía su respiración agitada. Deseaba gritar pedir ayuda, pero una mezcla de miedo y vergüenza se lo impedía. ¿Por qué era tan cobarde? Había escuchado muchas veces a sus amigas criticar a las mujeres que permitían algo así. Siempre había pensado que ellas fueron educadas de esa manera. Pero ella no lo fue. Desde pequeña, se lo decía la gente. «Nadie logra convencerte de hacer lo que no quieres.» A ella le enseñaron a valerse por sí misma sin esperar a un hombre que la salvara. Le habían enseñado a defenderse. Y ahora el miedo la paralizaba.

El último escalón lo bajó ayudada de la mano de Rafael. Sus padres llegaron en ese momento. Saludaron al joven con cariño, él se comportó de los más amable, hasta les pidió permiso para volver a la fiesta.

—Vayan muchachos. Diviértanse— indicó su padre.

Su madre y su hermanita sonreían, la atención de su padre ya estaba en el refrigerador. Con su mano en la de él, Eunice caminó hacia el automóvil.

Estuvieron en silencio los minutos que duró el trayecto. Manejó a las afueras de la ciudad. Se detuvo frente al canal. La tomó de la mano para ayudarla a salir del vehículo. La tomó de la cintura mientras la dirigía a la orilla del canal.

—¿Sabes que fácilmente podría aventarte?

—Sí. Lo sé.

—¿Sabes que dejaría tu cuerpo ahí tirado?

—Sí.

—Entonces, ¿Por qué te comportas de esa manera? ¿Por qué me haces enojar? ¿Por qué te pones esa ropa de colores llamativos?

—No lo sé. Me equivoqué. No quise…

—Cállate. Tú tienes la culpa.

—Sí —Las lágrimas ahogaban su respuesta—. Yo tengo la culpa

Rafael se quedó mirándola con Rabia. Sus puños se pegaban a sus muslos. Su mandíbula forzaba su boca y las venas de su cuello parecían explotar. Se miraron a los ojos por un largo rato. Luego le ordenó que subiera al automóvil.

Manejó de regreso a su casa. Salió del carro y le abrió la puerta para que saliera.

—Hasta mañana. Te llamaré al rato.

Ella asintió.

Entró a la casa. Subió las escaleras y comenzó a guardar ropa y otras cosas en una maleta. Luego tocó en la habitación de sus padres para contarles todo.

La conversación de un grupo de doctores la volvió a la realidad. Al presente, donde Rafael no existía. Donde junto a ella estaba un hombre muy distinto.  Encendió el auto y se dirigió a su casa

—Hola mamá. ¿Saliste con tus amigas? —Le preguntó Ingrid al verla llegar.

—No. Fui a ver a Nidia al hospital.

—¿Tu prima?

—Pensé que hace tiempo no se frecuentaban.

—Así es, Ingrid. Creo que nunca te he contado la razón. Pero deseo hacerlo ahora. Creo que es necesario que lo sepas.

—Ok. ¿Pero, por qué el drama?

Eunice se sentó en el sofá, ignorando la pregunta típica de un adolescente.

—Siéntate, hija. La razón por la que Nidia se alejó de mí fue Rafael, su esposo.

La chica se sentó mostrando su sorpresa, miraba el rostro de su madre mientras era probable que imaginara historias sobre lo que acababa de escuchar.

—Rafael fue mi novio cuando estuvimos en la universidad.

—¿Te lo quitó?

—Nada de eso. Escúchame antes de que tu cabecita se llene de ideas equivocadas.

Le contó las cosas tal y como habían sucedido.

—¿Por qué no fueron a la policía?

—Hija, si ahora es difícil que les crean a las mujeres, años atrás era imposible.

—¿Y no te buscó?

—Me buscó durante unos meses, pero solo mis padres sabían mi paradero y él nunca lo supo. Terminé la carrera en Guadalajara y regresé dos años después. Para entonces Nidia ya estaba a punto de casarse con Rafael.

—¿No le contaste?

—Sí. Pero no me creyó. Prométeme que si alguien te llega a tratar así, sobre todo tu pareja, me lo dirás para poder ayudarte.

—Lo prometo. Deberías contárselo a mi hermano, él también necesita saberlo.

—Lo haré.

Tan Diminuto

 

Las palabras del médico no tenían sentido para Fabián. ¿Le habla a él? ¿Habla de Maribel?

—No entiendo, ¿mi esposa y el bebé están mal?

—El corazón de su esposa no resistió. El bebé estará en la incubadora un buen tiempo. Su peso es muy poco y no podemos prometerle nada en cuanto a su recuperación. Puede verlo, si lo desea, necesitará usar una bata especial que la enfermera le proporcionará. Con permiso.

Era todo. No había más que decir, no más palabras sin sentido del profesional que hace su trabajo, involucrándose lo necesario por su propia salud mental. Pero no era suficiente, Fabián no lo entendía, necesitaba conocer la razón de su dolor.

Una bata, un gorro, guantes, cubiertos sus pies, todo lo necesario para ver al bebé. “Tan diminuto y en un minuto, pasas de pez a ser quien sabe qué; se hace el milagro y en un instante dejó de ser.” La canción de Bosé, se le vino a la mente, observó a ese ser, conectado a demasiados cables para su edad, luchando por sobrevivir, y así encontró una pequeña razón.

Normalidad

Juliana se asomó a la ventana, en la calle observó a una mujer con mascarilla paseando a su perro. Unos pasos atrás dos jovencitos tomados de la mano caminaban despacio como si el mundo no hubiera cambiado y ellos solo quisieran disfrutar una noche agradable del verano.

—¿Por qué ellos no se cuidan, mamá?

La chica acercó la tableta hacia la ventana para que su madre pudiera ver a los chicos. Eran unos jovencitos de menos de diecisiete, caminando sin pensar en el peligro de estar juntos por la calle. Luisa suspiró antes de responder.

—Es probable que no entiendan bien el peligro, a veces la inmadurez nos hace un poco irresponsables.

Ojalá su mente pudiera tener esa inconsciencia, en lugar de darle vueltas a los miedos una y otra vez. Por la mañana había observado a un vendedor de sandías en un triciclo, con una mascarilla cubriendo su mentón, más por aparentar protegerse que en verdad considerarlo necesario. Entendía porque se arriesgaba, la venta de la sandía significaba el alimento que llevaría a su hogar ese día, pero esos jóvenes salían sin impórtales el peligro.

—¿Algún día regresará todo a lo normal?

—¿Qué representa para ti lo normal?

—La forma en que vivíamos antes. Salíamos sin miedo de acercarnos a las personas. Íbamos a conciertos empujándonos unos a otros, o cantando y gritando al unísono de un desconocido que compartía nuestra alegría de estar ahí.

—No lo creo. Pasará mucho tiempo para que eso suceda, tendremos que adaptarnos a una nueva forma de vivir.

Juliana se quedó pensativa mirando el rostro de su madre a través de la pantalla, luego volvió a mirar por la ventana a un grupo de niños jugando con una pelota. Hizo un gesto con su boca, tenía la misma edad que los chicos tomados de la mano; sin embargo, ellos no compartían su temor.

—Debo irme, Luisa. Cuídate. No olvides verificar que todo esté bien con tus abuelos

—Lo haré, no te preocupes. Antes de dormir y temprano por la mañana. Tú también cuídate mucho. Ojalá pronto podamos estar cerca. No me importaría arriesgarme con tal de darte un beso.

—Lo sé, cielo, pero debemos cuidar a los abuelos. Prefiero verte así a través de la tableta. No me perdonaría que por mi trabajo en el hospital alguno de ustedes enfermara. Te amo.

Juliana apagó la tableta al momento que su madre cortó la llamada. Otra noche de guardia, otro día viviendo una nueva normalidad.

 

No Hay Días Especiales

El edificio de departamentos de la calle Independencia en la ciudad de México, resplandecía con los adornos navideños en cada ventana, con excepción de una en el cuarto piso, nada indicaba ahí, el veinticuatro de diciembre como fecha.

Javier Dávila tomó un sorbo a su whisky mientras escribía el próximo artículo para la revista en la que trabajaba. Lo interrumpió el timbre del celular que mostraba la imagen de su jefe en el canal de televisión donde realizaba reportajes.

—¿Qué quieres? —refunfuñó Javier.

—Sé que es un mal día para pedirlo, pero…

—Sabes que ninguna maldita fecha es especial para mí. Dime lo que quieres. —interrumpió exasperado.

— El cantante más popular del momento, decidió pasar la víspera navideña con un indigente escogido al azar. La publicidad será genial. Nos ha otorgado la exclusiva. El problema es…

—Que nadie quiere cubrir la nota  hoy. —Terminó la frase. Escuchó una risa del otro lado de la línea—. No me entusiasma facilitarle las cosas al rey de las letras estúpidas, pero imagino que la paga por trabajar este día, será tan grande como para ignorar mis escrúpulos.

—Pensé que todos los días eran iguales para ti.

—Yo no hago las reglas en este mundo. Mándame la ubicación y ahí estaré.

—El camarógrafo llegará al lugar a las seis. Buscarán al individuo y después irán a una casa que simulará ser del cantante. A aquel lo vestirán de acuerdo a la ocasión, les harás las preguntas necesarias a ambos, y la nota saldrá a primera hora.

—Por supuesto se tomará las fotos y después dejará solo a su invitado.

—Eso no saldrá a la luz, así que no interesa. Espero tu trabajo, sin importar la hora.

A las seis y media de la tarde, la oscuridad de la noche había caído por completo en la ciudad.  Javier Dávila, el camarógrafo, y siete personas más entre guardaespaldas y parte del equipo de trabajo del intérprete intentaban escoger al vagabundo que recibiría la invitación. No había mucha diferencia entre uno u otro. Todos con su aspecto de abandono y la poca luz en la calle, parecían solo sombras oscuras sin alma.

Al final, se decidieron por el que aparentaba estar menos asustado por los extraños que invadían su espacio. Un guardaespaldas lo revisó en busca de algún arma u objeto peligroso, luego lo tomaron de los brazos y él se dejó llevar como un niño hacia el interior de una de las camionetas.

Inició su labor, haciendo preguntas al músico, que respondía orgulloso de su hazaña, contrario al vagabundo que solo asentía o sonreía distraído, mostrando sus encías sin dientes. Estaba sucio y despeinado y despedía un olor rancio. Sin embargo, Javier sintió algo en la mirada de ese hombre que no supo definir.

 Tan pronto se apagó la cámara. El cantante decidió cambiar de camioneta.

—¿Vienes conmigo? Tu camarógrafo puede quedarse en esta. —le indicó el joven sonriendo.

—Lo siento, compañero, gajes del oficio. —Salió, al tiempo que guiñaba un ojo al chico de la cámara con ironía.

El equipo del intérprete bañó al indigente, le cortó el pelo y cambió su ropa. El baladista estuvo presente el tiempo necesario para las tomas y después se fue a descansar y a cambiar su atuendo.

Javier estaba sentado en la mesa del comedor, esperando, cuando el vagabundo llegó transformado por completo. Sus ojos quedaron fijos en el rostro del individuo.  Recordaba ese rostro, años atrás, un hombre más joven. ¿Sería posible? Sintió sus latidos retumbando en su cabeza. Acaso sus ojos lo engañaban.

 Se paró frente a él, acercó su cara  a la suya. No olvidaría ese rostro aunque pasara toda una vida; Estaba en su memoria, era solo un niño cuando desapareció de su vida, sin las arrugas que ahora tenía, pero su mirada seguía siendo la misma.

—¡Papá! ¿Eres tú? —preguntó, acercándose a él.

—Eh —respondió el hombre de manera tonta.

—Eres tú. ¿Dónde has estado? ¿No sabes quién soy?

—Eh —repitió indolente. Ajeno a la angustia del hombre parado a su lado.

—Mamá, Idaly, ¿la recuerdas? Te buscó mucho tiempo. Ella nunca perdió la esperanza de verte de nuevo.

—Idaly, Idaly.  —repitió con lágrimas en sus ojos. —¿Dónde está ella?

—Ella murió papá, murió esperándote. El dolor la  fue apagando. ¿Qué sucedió? ¿Por qué no regresaste?

—Ellos me golpearon, corrí. Debo regresar. Le prometí regresar al niño. Mañana será navidad. Javier me está esperando.

—Calma. Soy Javier y ya no tengo nueve años.

Abrazó al hombre que poco entendía lo que estaba sucediendo. Ya habría tiempo para las explicaciones, los doctores y lo que fuera necesario. Ahora lo importante es que ellos estaban juntos otra vez.

—Vendrás conmigo esta noche, papa. Todo será diferente. Mañana será navidad, papá. Mañana será de nuevo, un día especial.

Un día Único II

 Un día único parte I

Un mes después decidió alejarse de todo; por lo cual, escogió una ciudad de provincia que supuso le podría proporcionar la calma adecuada para olvidar el accidente. Dos jornadas tranquilas, disfrutando del lugar, le habían sugerido que el viaje había sido una buena idea.

Todo cambió ese día, el hombre extraño comenzó a perseguirla. ¿O acaso fue su imaginación? Estaba lejos de ella cuando se sintió acosada. Tal vez su mente le jugó una mala pasada haciéndola revivir la angustia vivida con anterioridad.

Los pies de Marión pedían descansar tras largos metros de carrera. Ella sabía que no podía detenerse aún, no sin antes comprobar la situación a su alrededor. Apresuró su marcha. Su figura esbelta parecía una visión que avanzaba abriéndose paso entre los autos estacionados y los que transitaban por las calles.

¿Pedir ayuda? Lo pensó. Podría llamar la atención de algún automovilista, pero temió que no quisieran ayudarla. Una persona huyendo significa problemas, y la mayoría de la gente se aleja de éstos sin pensarlo.

Dos cuadras más adelante, había un parque, consideró que podría perderse entre los árboles. Quizás encontraría alguna persona paseando por ahí. Caminó sin voltear hacia atrás, no quería dar un segundo de ventaja.

Al llegar al parque se detuvo tras un árbol viejo; su grueso tronco podría darle la oportunidad de ocultarse mientras observaba las calles que había atravesado. No parecía haber nadie siguiéndola; no obstante, aún se sentía en peligro.

—No deberías huir de tu destino. —La voz a su espalda la estremeció.

El hombre estaba ahí, justo frente a ella. Observó la mirada, el gesto, incluso la misma gabardina que usaba aquel día.

—Usted murió. No puede estar aquí —le indicó con la voz quebrada mientras sus ojos se humedecían y su cuerpo temblaba.

—El tiempo, el espacio, la muerte, todo es relativo. Estás aquí huyendo de nuevo, alejándote del camino que tus poderes te han trazado.

Ese hombre era un espejismo, él no podía estar frente a ella. Solo tenía que cerrar los ojos, pensar en algo diferente y él desaparecería.

—¡Aléjate! —le ordenó al hombre con pétrea convicción.

Una fuerza interior la dominaba. Los árboles del lugar parecían dar vueltas alrededor de ambos. Una punzada en su cabeza la hizo colocar sus manos en sus oídos. Un sonido gutural salió de su garganta.  Justo en ese instante el hombre explotó ante sus ojos.

Marion observó las pequeñas partículas que se movían como en cámara lenta hasta desaparecer en el aire un poco antes de que ella se desvaneciera.

Mi Historia Romántica (parte I)

Cuando él estaba cerca, mi estómago parecía contener mariposas. Lo conocía de toda la vida; después de todo, hemos sido compañeros de clase desde el jardín de niños, además de vivir en la casa de enfrente. Solíamos jugar juntos cuando éramos pequeños, pero en ese tiempo lo consideraba otro niño tonto.

No sé con exactitud el momento en que se convirtió en el tipo cool de la preparatoria que nunca se perdía una gran fiesta, ni cuando me transformé yo en la muchacha tímida que prefiere estudiar en casa que bailar en una fiesta. Por supuesto, que algunas veces me invitaban, pero no disfruto los lugares llenos de gente, con música a todo volumen.

Sean… Un nombre un poco extravagante que desde hace algunas semanas comenzó a repetirse en mi cabeza.

Ese día, Arturo, otro compañero, corría por el pasillo sin cuidado, por lo que me tiró al suelo.

—Ay, te caíste —dijo Arturo con burla.

—Claro que no, me eché al suelo porque creí que un enorme oso corría tras de mi —respondí cáustica.

Arturo intentó decir algo, pero todos comenzaron a reírse de él por lo que decidió alejarse.

Sean estaba allí y de manera gentil me ofreció su mano para ayudarme a levantar. No pude evitar perturbarme al sentir su roce y ver su sonrisa. Me fue inevitable notar lo guapo que era.

—¿Estás bien, Alicia? —me preguntó con una sonrisa en su rostro.

Solo agradecí, pero todo cambió desde ese momento. Era la primera vez desde que habíamos crecido que el notaba mi presencia. Las cosas extrañas que fueron sucediendo transformaron mi vida en un torbellino.

El lunes siguiente, había llovido todo el día. Iba camino a casa de la escuela, que estaba a solo unas calles. Caminaba con mi paraguas intentando cruzar la calle cuando una camioneta paso a gran velocidad y me salpicó toda. Me quedé pasmada por unos segundos, luego sonreí. Cerré mi sombrilla y continué caminando bajo la lluvia. Todos me sonreían, Mi amiga Pam y Benji lo cerraron también y caminaron a mi lado. Me sentía feliz, aunque mi sonrisa se congeló cuando vi a Sean sonriendo de igual manera en la calle de enfrente. Insté a mis amigos a correr junto conmigo y todos nos divertimos ese día.

Mi Historia Romántica (parte II)

Aquí encontrarás la Parte I

Unos días después, el grupo salió de campamento, el maestro de Biología, el señor Luna, había planeado ese viaje durante mucho tiempo. Era parte de nuestro proceso de enseñanza, por lo que deberíamos recolectar diferentes tipos de hojas.

Me senté al lado de Pam, mi mejor amiga, ella es la chica más lista que he conocido, además de linda; sin embargo, nunca pone atención a su atuendo ni a su arreglo personal; no muestra demasiado interés en esos detalles. Tampoco lo hago yo, pero al menos intento lucir bien en ocasiones especiales.

Sin embargo, Sally es diferente a nosotras. Se arregla como si fuera a una boda. Su pelo siempre está peinado de manera profesional. Ese día usaba una blusa blanca bordada, pantalones de vestir y sandalias de tacón que mostraban la pintura impecable en las uñas de sus pies. Su cabello estaba trenzado con un hermoso listón de seda anudado hacia un lado. Lucía deslumbrante, aún más, al estar sentada junto a Sean. Observé mis pantalones de mezclilla y mi nada femenina camiseta con la leyenda “100% soltera”.

Yo estaba al frente, ellos en la parte trasera del autobús, no podía verlos, pero si escuchaba sus risas. Decidí colocar mis audífonos para escuchar música durante el largo trayecto.

Nos dieron las instrucciones al llegar. La más importante era reconocer vegetación alergénica como la hiedra venenosa, la cual deberíamos evitar manipular. Todos conocíamos las posibles consecuencias.

El maestro Luna decidió formar parejas. Para mi mala suerte, Sally resultó ser mi compañera. Él y su compañero iban delante, podía distinguir sus intentos por verla.

Fue una tarea espantosa. Sus tacones entorpecían nuestro progreso, se tropezaba cada diez segundos, además de estar renuente a acercarse a las plantas.

—Están sucias, cariño, ¿no lo ves? —renegó.

—Se supone que lo estén, “cariño”, son hojas. —Continué recolectándolas.

—No entiendo esta actividad. ¿Cuál es su propósito al traernos a este terrible terreno lleno de polvo e insectos, con un camino rocoso que hace difícil caminar, por Dios Santo?

—¿Por qué no te pusiste algo más cómodo, acorde a este sitio?

 —Podría explicarlo, pero no creo que lo entiendas.

Observó mi ropa con desaprobación, luego giró su rostro evitando dirigirme la palabra.

Sean estaba cerca, lo suficiente para escuchar nuestra plática. Podía ver su sonrisa. Me parecía probable que él si entendiera por qué ella usaba zapatillas en lugar de zapatos deportivos. Todos los muchachos lo hacían.

—Necesitamos tomar diferentes tipos de hojas si queremos tener una buena calificación —le expliqué con paciencia.

—No quiero tocarlas, están repugnantes.

—No están sucias, solo tienen tierra. Estamos en el campo por si no lo has notado

Frunció el ceño decidiendo en ese instante comenzar a guardar hojas. Mala decisión. Tiene estilo para vestirse, aunque no mucha inteligencia. Estaba a punto de tomar hojas de hiedra. Sin darme tiempo para analizar la situación, acercó su mano a la planta; sin embargo, asustada por mi grito, se movió, justo en el instante que intentaba alejarla, por lo que fui yo quien cayó sobre las hojas.

No es necesario explicar lo que sucedió con mi piel. Mi rostro se inflamó. Todos me observaban, algunos divertidos, otros con verdadera preocupación. Como Pam, quien sollozaba como si fuera ella quien estuviera lastimada. No tenía el valor para ver la reacción de Sean en ese momento.

—Les pedí ser cuidadosos con la hiedra, Alicia —me sermoneó el maestro.

Voltee hacia Sally esperando su respuesta, pero solo observaba el esmalte de sus uñas. No deseaba ser una chismosa, me quedé callada. Sin embargo, escuché la voz de Sean a mis espaldas.

—Intentaba salvar a Sally.

Por primera vez, ella levantó su cabeza para observarlo, abriendo su boca con desconcierto.

 —No la iba a tocar, ella se confundió.

—Ambas deben ser más cuidadosas, deben seguir las instrucciones.

El grupo comenzó a caminar hacia el camión.

—¿Cuándo crees que estarás mejor, Lozano? —me preguntó Sean usando mi apellido.

—Lo explicaré así, Romo, el próximo día de Halloween, no me compraré un disfraz, seré un zombi.

—Entonces seré un cazador de zombis.

Al regreso, él se sentó junto a su amigo Ronaldo. Yo me sentía tan terrible que deseaba desaparecer. En ese momento observé a Sally sentada sola, tan enojada que no pude evitar sonreír. Era una sonrisa extraña con mi cara hinchada, pero tenía a Pam al lado, ¿no era suficiente para sentirme mejor?

Mi historia Romántica (parte III)

Aquí encontrarás la Parte II

Los primeros días después del accidente con la hiedra, mi cara estaba enrojecida e inflamada y el dolor era espantoso. Por órdenes médicas, me quedé en casa los dos primeros días, pero al tercero debía asistir al examen final de química. Observé mi rostro en el espejo y practiqué una risita. ¡Era un desastre! Sin embargo, de ese examen dependía la beca que estaba a punto de obtener para entrar a la universidad. La cara deforme era temporal, mi futuro era más importante.

Eran las nueve de la noche y continuaba repasando los temas de estudio. Cuando tocaron a la puerta. Mamá atendió y desde la sala donde estaba sentada rodeada de notas y libros, asombrada, reconocí a Sean en el umbral.

—¿Se encuentra Alicia?, señora Lozano. —Le mostró una caja envuelta para regalo con un moño color púrpura—. Me gustaría entregarle algo en persona.

—Voy a preguntarle. No sé si quiera salir por el problema en su cara.

—Entiendo.

—En realidad, no es nada que no haya visto antes, ¿no es así? —Los sorprendí a ambos al acércame a la puerta—. Pasa, estoy repasando un poco, ¿tú cómo vas con eso?

—Mmm, digamos que decidí no estresarme demasiado por ello.

—Los dejó. Estás en tu casa, Sean. Si necesitan algo, me llaman —indicó mamá.

—Siéntate. Me parece raro verte aquí.

—Lo sé….mmm, en realidad, quería entregarte esto.

—¿Qué es?

—Ábrelo y velo por ti misma.

Jamás había visto un moño de color púrpura, se veía hermoso contrastando con el papel de regalo con el que estaba envuelto, con la imagen de árboles. Me fascino el contraste, pero al mismo tiempo me asustó que se tratara de una broma cruel.

Rompí el papel sin miramientos en un solo movimiento, dentro estaba una caja que no me daba una pista de su contenido.

—Tienes prisa por ver que hay.

—Lo siento, nunca he tenido paciencia para abrir los regalos, me intriga saber lo que está dentro de todo lo que lo envuelve.

Jalé la cinta que unía la tapa de la caja y pude ver el contenido. Era un jarrón translucido de color rosáceo, decorado con hojas de diferentes formas y tamaños. Toqué las hojas y sentí su relieve, aun podía sentir sus venas, pero se sentían suaves y no rugosas como lo están en su estado natural. Por inercia acerqué el jarrón a mi nariz, olía a barniz. Era el jarrón más hermoso que alguna vez hubiera visto.

—¿Lo hiciste tú?

—Para ti.

—No entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Porqué lo hiciste.

—Recolecté más hojas de las necesarias para hacerlo. Escogí las más firmes y peculiares, de manera que le dieran belleza al jarrón.

—Es hermoso, en verdad. Pero ¿por qué no se lo regalas a Sally?

—¿Qué tiene que ver Sally? Solo pensé que sería bonito que el recuerdo que quedara de ese día fuera el regalo que yo te hice y no lo malo que sucedió.

No pude evitar mostrar mi sonrisa, la había visto en el espejo. Horrenda, era una palabra suave para describirla, pero de igual manera lo hice, en verdad que el recuerdo de estos días me llevaría a ese hermoso jarrón más que a mis terribles circunstancias.

—Siempre he creído que tienes una hermosa sonrisa, pero ahora al ver tu cara, —«En verdad va a describirla en este momento.»—, lo compruebo. Aun así, con tu cara hinchada y llena de ámpulas, lo que resalta es tu sonrisa tan franca y portentosa. Brillan tus ojos y reflejas una calma que contagia a todos.

—Gracias. —Por fortuna mi rostro estaba enrojecido por la irritación, de esa manera podía disimular mi turbación—. Es un regalo perfecto.

Sean se levantó del sofá y se acercó a la ventana, jugueteó con la cortina mientras me sentía cada vez más confundida.

—¿Sabes que tomo lecciones de piano?

—No, no tenía idea.

Su cabello y ropa a la moda, su ritmo al caminar, su mismo círculo de amistades, se me antojaban más el estilo de un deportista que el de un pianista.

—Habrá un recital el próximo domingo. Imagino que para entonces estarás mejor, me gustaría que asistieras, cada alumno tocará un número, espero que disfrutes la música clásica.

—Me encantará asistir, puedo invitar a Benji, me gustaría que me acompañara.

—¿Benji? Sí claro, es solo que había pensado que, saliendo del recital, podríamos ir a algún lugar a festejar la presentación.

—Creo que a Benji le gustara acompañarnos.

—Muy bien. —Parecía decepcionado—. Te veré mañana en clases, supongo.

—Por nada del mundo me perdería ese examen. —Él sonrío.

Lo vi alejarse a través de la ventana. Me quede mirando la calle minutos después que había desaparecido, no alcanzaba a entender lo que estaba sucediendo. «¿Por qué quieres que vaya a ese recital?»

Esa noche no pude dormir por los nervios, no estaba segura si por el examen o por el recital. La mañana siguiente después del examen, continué sintiendo ese hueco en el estómago. Así que definitivamente no era eso lo que me ponía nerviosa.

—Deberías haberte quedado en casa, Alicia. No querrás espantar a los pequeños en la calle —Se burló Arturo de mi apariencia.

—¿Lo dices por mi rostro? Nah, estoy disfrutando estos días en grande, cuando alguien se me acerca solo pretendo estar lista para morderlo y se alejan, ten cuidado no vayas a ser el primero.

Abrí la boca fingiendo mordisquearlo, mostró una cara de fastidio al escuchar las carcajadas de Pam y Benji.

—La hinchazón desaparecerá pronto, gracias por tu preocupación.

Cuando les conté lo sucedido con Sean, ambos mostraron su desaprobación. Benji me dijo que no iría de ninguna manera.

—No entiendo qué te da miedo —refunfuñó Pam.

—No tengo miedo, es solo… confusión.

—Disfruta el momento, niña; solo déjate llevar.

—Y créeme no habrá nada que me convenza de ir —reiteró Benji.

—¿Ni siquiera si invito a Pam?

—Si vas tú Pam, también iré yo.

—De acuerdo. Iré a escucharlo tocar —respondió ella, después de pensarlo un poco—, pero al paseo irás tu sola.

Mi historia romántica (final)

Aquí encontrarás la parte III

—Escuché que Sally irá al recital—me contaba Benji, al día siguiente—. La escuchamos hablando por teléfono.

—Así es —confirmó Pam —. Le decía que no habría nadie mejor que él y que le encantaría ir a la celebración al final.

Me sentí desilusionada, por unos días había fantaseado con ese día. Ahora solo podía imaginarlos a ellos sonriendo felices. No iría, en definitiva.

—Tienes que ir. Por lo menos no los dejarás disfrutar la velada juntos —dijo Pam.

—No lo sé, tengo que pensarlo.

Más tarde Sean se acercó a mí cuando estábamos en el laboratorio

—Si irás, ¿verdad? —Estuve a punto de romper un tubo de ensayo, por la sorpresa de escuchar su voz a mi espalda.

—Aún no lo decido. Tal vez.

No quise girar para ver su rostro. Se quedó callado un momento luego me dijo:

—Espero que te decidas a ir. En verdad me gustaría verte en la sala.

Pensé unos segundos mi respuesta. Deseaba preguntarle porqué Sally iría también. Cuando me volteé a preguntarle, ya se había alejado. Me sentía confundida, así que opté por preguntarle a la persona que podía aclarar mis dudas: Sally.

La encontré en la cafetería. De manera extraña, estaba sola. Traía un vestido color blanco con flores amarillo canario y unos zapatos en los mismos tonos. Me pregunto dónde comprara su ropa. Llevaba el cabello suelto, solo sujeto con un broche del lado izquierdo. Cada cabello en su lugar, igual que el maquillaje en su rostro. En verdad era elegante.

—¿Puedo sentarme? —Me miró con fastidio y señaló la silla frente a ella.  —Supe que irás al recital de Sean…

—¿Sean?… ¿También estudia piano? No lo sabía.

Más confusión.

—Pero, escuché que irás y que después celebrarás.

—Así es, con mi familia. Mi hermano es el mejor de esa clase. Ya lo verás.

—Pensé que…

—Que iría a ver a Sean. ¿Por qué lo haría?

—Creí que ustedes dos eran muy amigos.

—¿De dónde sacas eso? Su amigo se la pasa buscándome y a mí no me interesa, y Sean me da igual. El día del viaje preferí sentarme a su lado, con tal de evitar a Ronaldo.

—No lo sé, ese día creí…

—Siempre tengo esa clase de problemas, todas creen que intento robar a sus novios. Me gusta vestir bien. Me gusta que todos volteen a mirarme, pero a veces me gustaría ser como tú. Todo parece ser tan simple para ti. Lo mismo disfrutas la escuela, que el campo, que un día de lluvia. Es igual si tu rostro tiene ronchas, de todas formas te presentas, sin importar lo que los demás piensen. Para mí todo es complicado, me preocupa tanto la opinión de los demás. Me parece difícil que algún día encuentre a alguien que me entienda. Y en definitiva no creo que sea en esta escuela.

—Claro que lo encontrarás. Eres muy linda.

—Lo sé. Debo irme, tengo que hablar con el maestro de ciencias.

El día del recital se me hizo un poco tarde porque mamá perdió las llaves del auto. Buscamos por todos lados y al final tuve que tomar un taxi. Llegué en el momento justo cuando presentaban a Sean. Tocó algo de Beethoven, y no se equivocó, al menos que yo lo notara, que no sé mucho de estas cosas. Pam y Benji estaban al otro extremo del salón. Después de escucharlo, se fueron.

Al final del recital ansiaba acercarme, para que viera que sí estaba presente, pero estaba rodeado de demasiadas personas que lo felicitaban. Decidí esperar, me senté en las jardineras mientras todos se retiraban. Cuando pudo verme, sonrió y caminó hacía mí. Se sentó a mi lado.

—Creí que no habías venido.

—Lo siento, llegué un poco tarde, por un imprevisto. Pero a tiempo para escucharte.

—Entiendo. Alicia, creo que me confundes, un día me dices que vendrás, al otro que no lo harás, te busco entre los asistentes y no te encuentro, y al final, aquí estás. Creo que…—Iba a seguir hablando de lo desconcertado que estaba gracias a mis propias confusiones, pero no lo dejé terminar. Me acerqué a él y simplemente le planté un beso. Fue dulce, se separó confundido—. Pero…

Iba a decir algo. Puse mi dedo en sus labios, pidiéndole no decir nada más. Sonreímos. Y luego fue él quien me besó.

Y aquí estoy, dos semanas después, con el rostro de antes, sin una sola marca, esperando a Sean, que me invitó al cine. Después estudiaremos en casa para el examen de admisión de la universidad que será muy pronto.

 

Cambios

Caminas despacio, contando cada uno de tus pasos, como si quisieras en ese afán, retrasar el momento de llegar a casa. El camino de siempre, la hora de siempre, la rutina de siempre, incluso él es el mismo de siempre, tu vida es la misma que has disfrutado todos estos años.

Las palabras, los gestos, las actitudes son las mismas; sin embargo, algo es diferente, algo te aprisiona y convierte el regreso en un momento incómodo.

Entonces, ¿qué ha cambiado? Analizas tu vida y entonces lo entiendes. Era tú la que ha cambiado.

 

 

Desamor

Hubiera querido decirle tantas cosas, de la soledad que sentía a pesar de estar a su lado. Le hubiera gustado decirle que necesitaba sentirse amada.

Necesitaba escuchar las palabras de amor, igual que las había escuchado hace algunos años cuando comenzó su relación. Pero hace tiempo que dejo de decirlas.

Día tras día estaba junto a ella, pero  la vez, estaba lejos. Caminó a su encuentro con pasos lentos, frente a frente, buscó el valor en su interior que le ayudaría a hablar; escuchó su voz suave, preguntando, “¿Me amas?”.

No obstante no dijo nada. No necesitaba la respuesta, esta estaba escrita en el día a día, aunque no deseara aceptarla.