Inquebrantable

—Buenas tardes —indicó la joven—. ¿Puedo ayudarla?

—Buenas tardes. Mi nombre es Eunice Silva. Estoy visitando a mi prima Nidia Ramírez, pero no recuerdo el número de su cuarto, podría informarme, por favor.

La chica observo su nariz delgada, al igual que su rostro. Y el movimiento delicado de sus manos al hablar. Su cabello castaño en un lindo contraste con su piel bronceada. Dejo de mirarla para buscar los datos en la computadora. Se detuvo al escuchar las palabras de la doctora Sifuentes.

—La atendí ayer por la mañana en el momento de su llegada. Esta en el cuarto tres cero cinco, aunque es posible que aún este bajo el sedante que le prescribí. Llegó muy lastimada. Su estabilidad emocional comprometía la ya deteriorada condición física de su cuerpo, consideré necesario mantenerla con sedantes.

—Entiendo. ¿Podría pasar a verla? Solo serán unos minutos.

La doctora le indicó el camino. Esta vez Eunice caminó lento. Titubeante, se detuvo frente a la puerta de la habitación indicada. Suspiró un momento y dio el paso decisivo dentro del lugar.

Nidia dormía como le indicaron, tenía moretones en su rostro, gasas sobre su frente que probablemente protegían una sutura. Su labio mostraba una pequeña abertura cerca de la comisura. El brazo izquierdo descansaba sobre su vientre cubierto por un vendaje. Las demás heridas de su cuerpo, las protegía la sabana que la cubría.

Sin pensarlo, comenzó a acomodar su cabello detrás de sus orejas. Observó una cicatriz cerca de la oreja, parecía de años, tal vez los mismos que tenía unida a Rafael.

«Hay un hilo rojo que une a las personas; se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá»

Recordó las palabras de su abuela que invocaba al destino como responsable de las uniones de los seres.

—Pues hay que torcerle, Nidia. Darle miles de vueltas de ser necesario para romper ese hilo, que solo existe en tu imaginación y en las historias de una mujer de otra época.

Nidia abrió los ojos en ese momento. Sus parpados se abrieron con lentitud mientras su mente intentaba separar los sueños de la realidad.

—¿Eunice?

—No intento molestar. Solo quería asegurarme que estás bien.

Nidia se quedó mirándola por varios segundos antes de mostrar un intento de sonrisa. Giró su rostro al lado contrario y en un susurro le aseguro que estaba bien.

—Debo irme. Pero si necesitas algo, solo búscame, si alguien puede entender lo que te pasa soy yo.

Observó a Eunice de nuevo, luego cerró los ojos.

Acarició su cabello una vez más. Observó sus heridas, y no pudo evitar llorar ante esa escena. Luego se alejó con rapidez, como si huyera de algún recuerdo hiriente.

Agradeció a la enfermera que continuaba trabajando frente a la computadora, que levantó la vista para responder, mientras la veía alejarse con el paso de una mujer que parecía inquebrantable.

Subió a su automóvil, recargó su cabeza en el asiento. Comenzó a recordar la última fiesta de cumpleaños de Nidia a la que había asistido. La había ayudado en la organización de la fiesta. Todo quedó perfecto. Eunice compró un vestido de moda color aqua que caía de su hombro con suavidad, con un cinturón negro que acentuaba su cintura, no demasiado corto, pero si lo suficiente para lucir sus piernas.

Ella estaría en casa de Nidia desde la mañana preparando los últimos detalles. Rafael llegaría por la noche para acompañarla en la fiesta. Él sabía que le gustaba bailar y disfrutar las fiestas desde pequeña. Tan pronto escuchaba sus canciones preferidas y comenzaba a bailar sin detenerse hasta el final de la velada.

Rafael y Eunice se conocieron en la universidad; ella empezaba la carrera y él casi terminaba. Comenzaron su relación unos meses después de conocerse. Todos imaginaban que se casarían al terminar los estudios.

Escuchó la canción que estaba de moda y comenzó a bailar como siempre. Un amigo de Nidia se acercó y comenzó a bailotear a su lado. Justo en el instante que Rafael entraba a la casa. Se quedó observándola, hasta que ella notó su presencia. Dejo de bailar y se sintió muy nerviosa. Conocía la reacción que esto provocaría en él.

—Ahorita vengo —le dijo al joven y se acercó a su novio.

—Siéntate —le ordenó molesto. Ella obedeció sin decir nada. Se acercó a su oído y susurró—. Te gusta atraer las miradas de los hombres, ¿verdad?

Ella no respondió. Él fue a traer algo de beber. Luego se sentó a su lado sin decir nada más. Los amigos se acercaban alentándolos a comenzar a bailar. Él sonreía e indicaba que lo harían en un momento.

Nidia se acercó y le pidió ayuda a Rafael con unas cajas.

—En seguida vuelvo.

No dijo más pero su mirada le indicaba que no se moviera de ese lugar.

Eunice lo vio alejarse junto a Nidia, sin pensarlo salió del lugar. Caminó las cinco cuadras que separaban su casa de la de su prima casi corriendo. Entró y se encerró en su cuarto.  Se acercó a la ventana y recordó otros momentos, cuando el enojo de Rafael le hacía decir cosas que la lastimaban. Desde que estaban juntos, comenzó a comportarse diferente, de acuerdo a lo que no le molestaría.

—¿Cuándo deje de ser yo misma, para convertirme en lo que él quiere? —se preguntó en voz alta, como para poder escucharse mejor, que si fuera solo un pensamiento.

Luego lo vio llegar. Se estacionó frente a la puerta de su casa, tocó el timbre; su hermana pequeña abrió la puerta para dejarlo pasar.

—Eunice —le grito su hermana.

Por un momento pensó en no bajar. Se quedó parada frente la escalera, pero él subiría o tal vez haría un escándalo delante de todos.

Bajó despacio. Sentía su respiración agitada. Deseaba gritar pedir ayuda, pero una mezcla de miedo y vergüenza se lo impedía. ¿Por qué era tan cobarde? Había escuchado muchas veces a sus amigas criticar a las mujeres que permitían algo así. Siempre había pensado que ellas fueron educadas de esa manera. Pero ella no lo fue. Desde pequeña, se lo decía la gente. «Nadie logra convencerte de hacer lo que no quieres.» A ella le enseñaron a valerse por sí misma sin esperar a un hombre que la salvara. Le habían enseñado a defenderse. Y ahora el miedo la paralizaba.

El último escalón lo bajó ayudada de la mano de Rafael. Sus padres llegaron en ese momento. Saludaron al joven con cariño, él se comportó de los más amable, hasta les pidió permiso para volver a la fiesta.

—Vayan muchachos. Diviértanse— indicó su padre.

Su madre y su hermanita sonreían, la atención de su padre ya estaba en el refrigerador. Con su mano en la de él, Eunice caminó hacia el automóvil.

Estuvieron en silencio los minutos que duró el trayecto. Manejó a las afueras de la ciudad. Se detuvo frente al canal. La tomó de la mano para ayudarla a salir del vehículo. La tomó de la cintura mientras la dirigía a la orilla del canal.

—¿Sabes que fácilmente podría aventarte?

—Sí. Lo sé.

—¿Sabes que dejaría tu cuerpo ahí tirado?

—Sí.

—Entonces, ¿Por qué te comportas de esa manera? ¿Por qué me haces enojar? ¿Por qué te pones esa ropa de colores llamativos?

—No lo sé. Me equivoqué. No quise…

—Cállate. Tú tienes la culpa.

—Sí —Las lágrimas ahogaban su respuesta—. Yo tengo la culpa

Rafael se quedó mirándola con Rabia. Sus puños se pegaban a sus muslos. Su mandíbula forzaba su boca y las venas de su cuello parecían explotar. Se miraron a los ojos por un largo rato. Luego le ordenó que subiera al automóvil.

Manejó de regreso a su casa. Salió del carro y le abrió la puerta para que saliera.

—Hasta mañana. Te llamaré al rato.

Ella asintió.

Entró a la casa. Subió las escaleras y comenzó a guardar ropa y otras cosas en una maleta. Luego tocó en la habitación de sus padres para contarles todo.

La conversación de un grupo de doctores la volvió a la realidad. Al presente, donde Rafael no existía. Donde junto a ella estaba un hombre muy distinto.  Encendió el auto y se dirigió a su casa

—Hola mamá. ¿Saliste con tus amigas? —Le preguntó Ingrid al verla llegar.

—No. Fui a ver a Nidia al hospital.

—¿Tu prima?

—Pensé que hace tiempo no se frecuentaban.

—Así es, Ingrid. Creo que nunca te he contado la razón. Pero deseo hacerlo ahora. Creo que es necesario que lo sepas.

—Ok. ¿Pero, por qué el drama?

Eunice se sentó en el sofá, ignorando la pregunta típica de un adolescente.

—Siéntate, hija. La razón por la que Nidia se alejó de mí fue Rafael, su esposo.

La chica se sentó mostrando su sorpresa, miraba el rostro de su madre mientras era probable que imaginara historias sobre lo que acababa de escuchar.

—Rafael fue mi novio cuando estuvimos en la universidad.

—¿Te lo quitó?

—Nada de eso. Escúchame antes de que tu cabecita se llene de ideas equivocadas.

Le contó las cosas tal y como habían sucedido.

—¿Por qué no fueron a la policía?

—Hija, si ahora es difícil que les crean a las mujeres, años atrás era imposible.

—¿Y no te buscó?

—Me buscó durante unos meses, pero solo mis padres sabían mi paradero y él nunca lo supo. Terminé la carrera en Guadalajara y regresé dos años después. Para entonces Nidia ya estaba a punto de casarse con Rafael.

—¿No le contaste?

—Sí. Pero no me creyó. Prométeme que si alguien te llega a tratar así, sobre todo tu pareja, me lo dirás para poder ayudarte.

—Lo prometo. Deberías contárselo a mi hermano, él también necesita saberlo.

—Lo haré.

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