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Sor Juana y los hombres necios

Sor Juana y Sor Gabriela, la novicia asignada a la primera para su cuidado e instrucción, se encontraban sentadas frente al escritorio de la madre superiora. La joven colocó sus manos en el regazo y permaneció con la mirada baja.

—Escuchadme bien, hermana, tal vez la anterior madre superiora os permitía estas libertades, pero a partir de hoy, las reglas han cambiado. Este es un convento y de ninguna manera voy a permitir que entren hombres a vuestra celda.

La cara enrojecida de la monja, le daba un toque de humor, más que de poder, Juana no pudo evitar sonreír al ver su rostro regordete, sus cejas levantadas y el tono rojizo de sus mejillas y nariz. Era el castigo de las personas muy blancas, enrojecer ante cada sensación, hasta hacerles imposible ocultar sus pensamientos.

—¿Por qué sonreís? ¿Os parezco graciosa? Juana tapó su boca y bajó la mirada, no quería hacer sentir mal a la mujer pero tampoco podía mentir. De verdad, era hilarante.

—Lo siento, madre, no quiero pareceros grosera. Sin embargo, considero mi deber deciros que el permiso de visitas, me es otorgado por un poder superior al vuestro. El virrey de la nueva España me ha concedido la licencia para recibir a quien me sea de provecho para mi crecimiento intelectual.

Tanto la madre superiora, como Sor Gabriela voltearon hacia el rostro de Sor Juana sorprendidas ante sus palabras.

—Pero de qué habláis. ¡Explicaros!

—Tanto el virrey Don Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, como su esposa, Luisa Manrique de Lara son mis más fieles compañeros. Ellos disfrutan mi compañía y mis escritos. Y me es un placer recibirles, a ellos y a Don Carlos de Sigüenza y Góngora. Mi biblioteca se ha nutrido gracias a los libros que me ofrecen en cada visita.

—No entiendo. Si tanta era vuestra pasión por la vida social y lectura de libros no sagrados, porque os habéis consagrado como monja.

—Acaso existiría otra posibilidad para mí de ser libre. No es como mujer, una carga impuesta seguir a un hombre, pertenecerle y renunciar a mí misma por él o por su descendencia, la cual estaría obligada a procrear, aún en contra de mis deseos. No está el porvenir de las mujeres escrito en una ley imborrable e inalterable. Heme pues aquí dispuesta a vivir de la forma que yo me diseñe. Si estar en este convento es la llave de mi libertad, la tomo y acepto los sacrificios de esta vida.

—¿Cómo podéis hablar así? —inquirió Sor Gabriela.

—¿No estáis vos recluida aquí huyendo de alguna forma de un sino prefijado?

—Por supuesto que no. Mi vocación es pura y llega a través de mi alma con el más puro amor hacia Dios.

—Me disculpo por mis malos pensamientos que han visto en vuestros ojos una sombra de celo ante vuestra hermana y vuestro cuñado, a quien de igual forma he juzgado mal, pues de manera errónea observé sus miradas cruzarse durante un tiempo, que mi desconocimiento me hizo juzgar muy largo.

De nuevo el sonrojo de las personas de piel blanca, que delata sus pasiones y sus miedos. El rubor que en Sor Gabriela, parecía, sin embargo, dotarla de belleza e inocencia.

—Así es nuestra vida. No nos es posible elegir nuestro destino, y la mejor rebeldía es hacer cuanto esté a nuestro alcance para decidirla nosotras mismas. ¿Cuáles fueron sus razones, madre?

La mujer se levantó de inmediato, caminó a la ventana que daba al patio y vio a las monjas en sus quehaceres.

—Somos mujeres, somos simples mortales iguales a los hombres; no obstante, nuestro deber, de acuerdo a los cánones de la sociedad, es ser buenas, pacientes, amorosas. Nuestro designio está atado a los demás. Observadlas a todas ellas, ¿alguna tiene el derecho de pensar diferente? ¿No nos acusarían ellos, con razón o sin ella, de provocar una revolución con nuestras ideas?

—Así es, los hombres son necios.

—Vayan a sus labores, hermanas. La próxima visita de Don Carlos, me gustaría ser invitada también. Y no es el virrey quien lo ha decidido, he sido yo, no lo olvide.

—Gracias, madre. Creo que tengo el principio de un nuevo poema.

Veneno II

Chris transita por el callejón, ha seguido cada una de las indicaciones, al final, localiza una pequeña puerta. La llave para abrirla está bajo el bote de basura. La introduce en la cerradura, entra, camina diez pasos, a su izquierda, se encuentra el interruptor de la luz. No lo encenderá hasta que se le indique. Se queda parado. Después de algunos minutos se siente delirante. No hay indicación de encender la luz. Busca el botón, pero no se decide a oprimirlo. Debe esperar. Luego de quince minutos más escucha la voz de su hija:

—Enciende la luz.

—Dios santo, Gloria, ¿estás bien?

—Enciende la luz.

Lo hace. Gloria está sentada mientras un revolver apunta a su frente. Solloza silenciosa. Una lágrima cae sobre la falda de su vestido.

—Solo tienes que entregarme las caja. No hagas nada si no quieres que jale el gatillo. —Le dice un hombre con la cara cubierta por un pasamontañas. Andrés muestra el objeto. El individuo estira su mano izquierda para tomarla, pero aquel la aleja.

—Primero suéltala.

—No estás al mando.

—Sí lo estoy. Suéltala primero, si no quieres que accione el explosivo que coloqué. O la sueltas, o nos morimos todos.

El hombre lo mira un momento sopesando las posibilidades. Suelta a la chica, y le dispara a Andrés en el pecho. Gloria corre a su lado al verlo caer, parece que respira. Toma el estuche, examina el botón para accionar el explosivo. Vislumbra al individuo acercarse. Solo es un segundo de decisión.

Un Día Único

El caminar de Marion era portentoso. La tela ligera de su vestido se balanceaba al ritmo de sus pasos. Su cabello suelto demarcaba un rostro exquisito. Sentía el aire con olor a hierba penetrar en su cuerpo. El gentío la observaba. Aún si hubiera deseado ser ignorada, no podría pasar desapercibida, incluso en una ciudad como México.

Era habitual sentir las miradas en ella; sin embargo, se turbó ante la sensación de un escrutinio diferente. Divisó a un hombre alto, bien parecido, de mediana edad. Usaba un abrigo negro a pesar de la temperatura elevada. Siguió mirándola de fijo después de que Marion giró para observarlo.

Después de segundos de miradas decidió continuar su camino a un paso regular. Luego, aceleró un poco al sentirse perseguida. Miró hacia atrás, su corazón se aceleró a causa del acoso.

«¿Se atrevería a lastimarme entre la multitud?», pensó.

Se quitó las zapatillas que la hacían vulnerable; corrió tan rápido como pudo sintiendo el calor del pavimento en su piel. Esquivaba coches en la carretera o gente en las banquetas. Descansó hasta que no lo veía más. Examinó el entorno jadeando. Se esfumó, pero no se sintió segura todavía.

—Disculpe. —Una mujer mayor se excusó por empujarla sin intención.

—No hay problema, señora —contestó aliviada al ver que no era ese tipo.

—No temas — prosiguió la señora—. Pareces confundida, linda.

—Gracias. Me siento bien.

—Quizás esa persona solo deseaba darte un mensaje.

—¿Quién?

La mujer sonrió y continuó su camino. Marion la observó embobada hasta que desapareció en la esquina de la calle. Había sido una tarde extraña, solo quería llegar a casa para dormir temprano. Viernes por la noche. ¡Para nada! Era más seguro mirar una película en cama.

La mañana siguiente despertó de madrugada, limpió el departamento y comenzó su arreglo. Hoy sería un nuevo día, algo en su interior le indicó que iba a ser único.

Desayunaría con su hermana como cada último sábado del mes. Su automóvil estaba en el taller, así que tomó un taxi. Incluso a las nueve de la mañana el tráfico era terrible. Optó por bajar unas cuadras antes.

—Estoy seguro de que será un día único, ¿no lo cree? —El taxista pronunció esas palabras.

—¿Perdón?

—Muchas gracias.

El automóvil avanzó a gran velocidad. Marión eligió olvidar su sorpresa al escuchar sus ideas en las palabras de aquel taxista. Mera casualidad.

​Cruzó la calle para travesar el parque; tenía suficiente tiempo. Deambuló distraída a paso lento. Se sentó en una banca, otorgándose un momento de paz. Una pequeña de no más de diez años y rizos hermosos se acercó con una pelota en sus manos.

​—¿Lo harías? —preguntó la niña

—¿Cómo te llamas? —respondió mirando sus ojos oscuros.

—Sandy.

—Ok Sandy. ¿Deseas que juegue contigo? —La niña negó con la cabeza.

—Eres tú quien puede hacer que este día sea único. —Corrió con su pelota abrazada.

—¡Sandy, no te vayas! Dime lo que quieres decir. —Se levantó para ir tras ella, pero alguien tomó su brazo deteniéndola. Lanzó un sollozo; el tipo del día anterior estaba frente a ella.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —Soltó su brazo.

—¿Acaso importa mi nombre?

​—¡Eres un loco!

Miró a su alrededor para buscar la manera de escapar. Se apresuró hacia la carretera. Él la siguió. Ella giró al escuchar un carro acercarse; entonces, él la alejó de la posición de peligro para protegerla. El coche no se detuvo.

​Ese extraño la salvó. Quedó en medio del pavimento, levantando sus manos, pidiéndole que se acercara.

​—Tienes un don con el cuál naciste. Lo sabes; pero no es exclusivo. Tienes que aprender a usar los otros. —Murió.

Ella sostenía su mano. Era el comienzo de un confuso y único día.

Alguien Especial

Había una vez una niña de nueve años, hermosa de cabello ondulado, de color castaño. Ivana vivía con su familia. Su madre, que era parecida a ella, su pequeño hermano, y su padre.

La familia vivía feliz en una casa pequeña llena de adornos que a su madre le gustaba colocar en los muebles de la vivienda para que luciera lo más bella posible. La niña se sabía amada por todos, y de igual manera ella amaba a cada uno de ellos.

Sin embargo, Ivana tenía un pequeño problema. Era una niña demasiado inteligente e inquisitiva. Le encantaba conocer la razón de lo que sucedía en el mundo. Algunas veces le gustaba estar sola para pensar en todo lo que veía.

—¿Por qué no estás jugando con tus compañeros, Ivana? —preguntaba la maestra en el descanso de las clases que los niños aprovechaban para almorzar y después jugar.

—Lo haré en seguida, maestra. Lo que pasa es que ayer leí un libro hermoso, y justo estoy recordando algunas de sus descripciones. El árbol de la historia, es parecido al que en este momento me está dando sombra.

—Me parece excelente, que te guste leer. Pero ahora es momento de ir a jugar con tus amigos. Anda ve con ellos.

La maestra no la entendía. Tampoco sus compañeros de clase. A ella le gustaba hablar de las historias plasmadas en el papel. Había días que jugaba con ellos, pero otros prefería recordar lo leído.

—¿Cómo te fue en la escuela, mi niña? —le preguntaba su madre al llegar.

—Creo que bien.

—¿Crees?

—Sí. Pero la maestra no me entiende.

—Solo eres especial. Por eso te quiero. Anda, vayan tu hermano y tú a lavarse las manos para empezar a comer.

Unos días después llegó a la escuela un niño nuevo. Vestía el uniforme escolar, igual que todos, pero en él lucía distinto. Un lado de la camisa sobresalía del pantalón, y del bolsillo trasero salía una cadena larga que al final tenía un dije en forma de guitarra.

—Saluden a Marcos —indicó la maestra a todo el grupo. Así lo hicieron todos—. Siéntate ahí. —Ella señaló la silla delante de Ivana.

Durante la mañana, la niña observó a Marcos mover sus dedos sobre el pupitre, en otros momentos, los movía al aire de una manera peculiar. Hasta que la profesora le pidió que dejara de hacerlo y pusiera atención en clase.

—¿Por qué mueves tus manos de esa manera? —murmuró la pequeña.

—Desearía estar en casa practicando el piano o la guitarra. Mamá dice que debo obtener mejores calificaciones si deseo continuar mis lecciones de música.

El chico giró hacia el frente de la clase donde la maestra ejemplificaba operaciones matemáticas. Colocó sus manos en sus muslos y continúo su melodía imaginaria, mientras escuchaba la explicación.

Ivana contempló a cada uno de sus compañeros. Fabián aventaba una bola de papel en el bote de basura, soñando con un torneo de basquetbol. Margarita tomaba notas al tiempo que dibujaba pequeños ojos al margen de las hojas. Alondra observaba a la maestra mientras hacía cálculos mentales, pronunciado la respuesta unos segundos antes que aquella los dijera. Luego sonrió. Había estado junto a algunos de estos chicos desde el jardín de niños, pero nunca los había observado tanto.

En casa a la hora de la cena, su mamá le hizo la pregunta acostumbrada:

—¿Cómo te fue en la escuela, mi niña?

—Me fue muy bien. Hoy aprendí algo nuevo.

—¿Qué será? Cuéntame.

—Hoy aprendí que todos somos especiales. No soy yo en particular. Es solo que nos gustan cosas diferentes. Creo que solo cuestión de entendernos unos a otros.

Veneno

Cris observó a Sam través de la ventana, a su lado, sus guaruras. Se quedó en medio de la estancia enfrentando la situación. Era segura su sorpresa, incluso su enojo, pero ni por un momento pensó obtener su ayuda.

Se escuchó el giro de la llave en la cerradura, Sam abrió la puerta y se le quedó mirando de manera burlona. Los escoltas levantaron su arma, pero les ordenó guardarla y replegarse en la pared, atrás de ella.

—¿Qué demonios haces aquí? ¿Cómo entraste? —El olor dulzón de su perfume, penetró en la habitación. No esperó la respuesta—. Dame las malditas llaves —le ordenó estirando la palma de su mano. Al acercarse a entregárselas, pudo observar la gruesa máscara de pestañas en sus ojos que le daban un aspecto ordinario—. Debí cambiar la estúpida chapa, aunque con tus ideas fantoches, no pensé que entrarías de esta manera. —Las colocó dentro de su bolso.

—No deseo molestarte. Entiendo que esta, ya no es mi casa, ni siquiera me interesa lo que he dejado en ella. Puedes quedarte con todo, solo necesito mi vieja cajita musical. La busqué en donde siempre la guardaba, pero no parece estar en ningún lado.

—¿Por qué diantres crees que te la daré? Después de tu engaño con esa… señora, no esperarás mi ayuda, ¿o sí?

—En verdad la necesito. Sé que la tienes.

Caminó hacia el bar, sirvió dos copas de vino. Bebió una de un sorbo y le ofreció la otra. Sam la rechazó.

—No vine aquí a socializar. —Esa caja contenía el documento que podría salvar a su hija, no se iría sin ella.

—Vamos. —Suavizó su tono—. Es solo un trago. Podría darte la caja después del brindis. Se sirvió más vino. Cris la tomó y la bebió con rapidez. Sam siguió el rastro del vino desde la copa en su mano, hasta el momento que entró en su boca. Sonrió al observar la última gota.

—No me mires así, antes me mirabas de otra manera.

Cris entrecerró los ojos. Observo su cuerpo, su cuello, su rostro, su boca, hizo una mueca y giró la cabeza.

—¿Dónde está la caja?

—En esta mano tengo la llave de este estuche —le indicó, al tiempo que lo sacaba de la cantina— Ahí se encuentra el antídoto del veneno que has tomado. ¿Qué prefieres, el cofre de música o el contraveneno?

—Es mentira, tomaste del mismo vino.

—Pero no de la misma copa. Mentí, esperaba tu llegada. Tienes 24 horas antes de morir.

—Te miro y no comprendo como pude amarte algún día.

—¿Entonces ¿qué quieres?

—La caja —dijo sin dudarlo.

Caminó hacia el librero donde tomó un ejemplar de un libro, atrás de este se encontraba escondida la pequeña caja musical. La colocó en su palma. Cris se acercó a tomarla. Antes de soltarla Sam le pidió: —Dame un beso, el último, podría darte el antídoto.

—Prefiero morir.

—Así será.

Recuerdos

 

El olor a hierba mojada le trajo recuerdos de su niñez. Observó los sembradíos de tomate, su color verde claro indicaba su próxima madurez. Se rindió al antojo de cortar uno y morderlo, tocó la exacta redondez del fruto antes de sentirlo en su boca, muy ácido aún, pero suficiente para dejar en su corazón el sabor del recuerdo de su madre.

Se perdió en la memoria de aquellos días. Corriendo acariciada por el sol, mientras su madre llenaba la canasta con los tomates recién cosechados.

—¡María! Ven acá. No te alejes demasiado. —Su voz tranquila tomaba fuerza en su pecho para hacerse llegar hasta la posición de la niña. María sonrió traviesa, y el amor en aquella mirada la hizo obedecer.
Extrañaba esa voz, su mirada, más que nada, su amor.