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Lluvia

La lluvia no cesa. No soporto el sonido del agua sobre la acera, no disfruto observarla a través de las ventanas. El sol se esconde, igual que mis deseos de continuar.

Antes me gustaba, antes salíamos a mojarnos la cara con las gotas frías, sin importarnos el invierno o la gente que nos miraba, porque tus brazos me abrigaban y me protegían de todos.

Hoy prefiero estar aquí en la oscuridad, encerrada, cobijada con mis angustias y mis recuerdos de ti. Las cortinas corridas para no ver la calle.

Recuerdo tu olor y tu voz profunda, me siento muy poco, tan sola sin ti. Me hacen falta tus manos, quisiera dormir y despertarme cuando el sentimiento que me abruma hoy, haya desaparecido.

Estoy llena de ausencia y vacía de sentido.

Perdido

Caminó hacia el cuartucho oscuro. No había nada en esa habitación. Unos periódicos viejos que hacían de cama. Un plato sucio y fétido que indicaba que había pasado bastante tiempo desde la última vez que probara un bocado. Aun así no sentía hambre. Sentía una pesadez en su cuerpo… No, tal vez lo que pesaba era el alma, que a pesar de armonizar con ese cuarto vacío, le pesaba cual si fuera el alma de un viejo que estuviera cansado de la vida.

¿Cuántos años tenía? ¿Cien? ¿Setenta? …No, tal vez veinte, treinta. No recordaba con exactitud cuánto tiempo había pasado desde la última vez que celebró un cumpleaños.

Fue algo extraño. Una nueva sensación recorrió su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo estaba consiente de sí mismo. Notó el daño tan grande que las drogas dejaban en su cuerpo enfermo. Pero no era capaz de dejar ese mundo. No se sentía con fuerzas para recoger los escombros de su vida, para sobre ellos edificar una nueva dignidad.

Caminó hacia la calle y se perdió entre ese mundo en el que se encontraba inmerso. Muy lejos quedaron, la familia, los sueños, la vida misma. Para él, todo eso había quedado atrás, atrapado entre humo y suspiros.

Adiós

 

Ella:

Las palabras murieron en su boca, había tantas que hubiera querido pronunciar. Solo atinó a quedarse parada, confundida y con el alma herida. Estaba cerca, a unos pasos, pero a la vez tan lejos. Deseaba decirle muchas cosas, acurrucarse en su pecho nuevamente escuchando cada latido de su corazón.

Sin embargo optó por el silencio. Sus sentimientos, sus ideas, su orgullo vencido, se quedarían guardados en su alma. Su voz se hizo débil y no atinó a pronunciar ninguna palabra.

Había tanto amor, pero también existía el recelo. No era sencillo decir, «lo siento, empecemos otra vez.» Tampoco lo sería la vida sin él. Quería hablar, o tal vez quedarse callada y acercarse con un simple beso.

Pero el momento terminó. Lo observó salir con sus maletas. No había nada que decir. Él giró su rostro, por un instante; ella imaginó que diría algo para arreglar las cosas. No obstante, solo agachó la cabeza y dijo adiós.

Él:

Caminó hacia la puerta con sus maletas. Había empacado lo necesario, después regresaría por lo demás. Al menos por las cosas que dejaba, porque, los recuerdos, los momentos felices e incluso las adversidades, se quedarían guardados en esa casa. Sin embargo, se llevaba todo el amor que sentía por ella. Estaba tan cerca, tal vez sería cuestión de tocar su rostro y decirle cuanto la amaba, olvidar lo sucedido y volver a empezar; pero no es fácil aceptar los errores.

La amaba, ni siquiera recordaba que fue lo que causo este final. Quizás fueron las palabras no dichas o los resentimientos guardados. Las cosas simples, las de la vida diaria, son las que más separan.

Se veía tan segura. Entendió que nada que dijera ahora, cambiaría su decisión. No lo lograría al decirle cuanto la amaba, y lo difícil que sería la vida sin ella.

Por un instante se quedó mirándola, buscando las palabras exactas, las que a ella le gustaría escuchar, pero no las conocía. Así que  bajó el rostro y dijo adiós.