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Cuando muere el amor.

 

 

Te vi pasar, tan lejana, tan ausente, como si hubieran sido siglos los momentos sin mí. No pareces extrañarme. Ni que mi ausencia aún te duela. Parecías feliz, segura de ti misma. Fuerte como una roca. Volvió tu sonrisa, aquella que creías haber perdido.

Si hubiera sabido cuanto me dolería tu olvido, jamás me hubiera arriesgado a perderte. La lección ha sido muy dura. Tarde aprendí a no jugar con el amor. Me sentía tan confiado de que nunca te perdería, que no me detuve antes de lastimarte. Al final quien más perdió fui yo.

Después posaste tu mirada en la mía, tan profunda como aquellas veces que me mostraba tus sentimientos. Pero que ahora solo me regaló indiferencia. ¿A dónde se fue tu amor? ¿Acaso se quedó enredado entre todos mis descuidos? Intenté encontrar algún resquicio de la gran exaltación que tiempo atrás te provocaba mi presencia, encontré, sin embargo, la frialdad de una piel dormida ante mi contacto

Un beso en la mejilla como un insensible símbolo de lo que significa el olvido. Un cómo estás sin pasiones, ni el interés de la respuesta. ¿Dónde guardaste mis recuerdos? ¿En qué lugar perdido en tu conciencia encerraste los momentos que vivimos?

—He pensado mucho en ti en estos días —acerté a expresar con torpeza. Sonreíste indulgente pronunciando un simple adiós. Deseaba decir algo que te hiciera recordar lo que antes te unió a mí, pero no encontré nada que pudiera cambiar tu indiferencia.

Ese fue el final de la historia. Hubo tanto amor en ti, tanto, como ahora hay olvido. Te vi alejarte; con cada uno de tus pasos percibí el agonizar de mi esperanza. Cuando muere el amor, no queda más que vacío.

Adiós

 

Ella:

Las palabras murieron en su boca, había tantas que hubiera querido pronunciar. Solo atinó a quedarse parada, confundida y con el alma herida. Estaba cerca, a unos pasos, pero a la vez tan lejos. Deseaba decirle muchas cosas, acurrucarse en su pecho nuevamente escuchando cada latido de su corazón.

Sin embargo optó por el silencio. Sus sentimientos, sus ideas, su orgullo vencido, se quedarían guardados en su alma. Su voz se hizo débil y no atinó a pronunciar ninguna palabra.

Había tanto amor, pero también existía el recelo. No era sencillo decir, «lo siento, empecemos otra vez.» Tampoco lo sería la vida sin él. Quería hablar, o tal vez quedarse callada y acercarse con un simple beso.

Pero el momento terminó. Lo observó salir con sus maletas. No había nada que decir. Él giró su rostro, por un instante; ella imaginó que diría algo para arreglar las cosas. No obstante, solo agachó la cabeza y dijo adiós.

Él:

Caminó hacia la puerta con sus maletas. Había empacado lo necesario, después regresaría por lo demás. Al menos por las cosas que dejaba, porque, los recuerdos, los momentos felices e incluso las adversidades, se quedarían guardados en esa casa. Sin embargo, se llevaba todo el amor que sentía por ella. Estaba tan cerca, tal vez sería cuestión de tocar su rostro y decirle cuanto la amaba, olvidar lo sucedido y volver a empezar; pero no es fácil aceptar los errores.

La amaba, ni siquiera recordaba que fue lo que causo este final. Quizás fueron las palabras no dichas o los resentimientos guardados. Las cosas simples, las de la vida diaria, son las que más separan.

Se veía tan segura. Entendió que nada que dijera ahora, cambiaría su decisión. No lo lograría al decirle cuanto la amaba, y lo difícil que sería la vida sin ella.

Por un instante se quedó mirándola, buscando las palabras exactas, las que a ella le gustaría escuchar, pero no las conocía. Así que  bajó el rostro y dijo adiós.