Noé

Los aparatos de transportación quedaron varados entre las aguas de la carretera. Los vehículos voladores no podían despegar por la poca visibilidad, cada día las lluvias parecían más severas. Sem decidió dejar su transporte y continuar caminando a través de las calles altas.

—Creo que llegaré un poco tarde, querida. El centro del pueblo está inundado y me fue imposible continuar por las guías carreteras—le explicó a su esposa a través del fonodispositivo.

Antes de llegar a su departamento, se acercó al taller de su padre donde continuaba con su labor incansable de construcción de la nave.

—Perdóname padre —le dijo a este, quien sorprendido tiró la herramienta que traía en su mano.

—¿De qué te arrepientes, hijo?

—De no haberte creído. Sé que siempre me has demostrado ser un hombre honorable, de fe, sin embargo, creí que tu encuentro con el creador era solo un sueño. Durante estos últimos diez años has trabajado con ahínco en ese barco, que todo el pueblo considera el trabajo de un loco. Estos últimos meses, no obstante, la lluvia nos ha sorprendido cada vez más.

—Pronto llegará. Y como siempre, la gente culpará a Dios de sus calamidades. No quieren admitir que somos nosotros quienes hemos destruido la tierra, contaminándola con nuestras manufacturas, nuestra basura, nuestros deshechos, y encima de todo, la maldad de los hombres se ha incrementado, hasta dejarnos indefensos ante su violencia, sus robos, sus asesinatos y sus odios.

—Me uniré a ustedes. La bioquímica que conozco ayudará un poco a mi madre en su recolección del ADN de animales y plantas.

—Solo recuerda que debes aprender a hacer los cálculos por ti mismo, después de las inundaciones no quedará nada de las sistematizaciones que hoy poseemos. Para Jafet, siendo experto en estas, ha sido depresivo tener que abandonarlos. Nos llevaremos la tecnología necesaria para recrear el ADN de cada especie. Y será todo lo que almacenemos en cuanto a tecnología.

Sem asintió, mirando al viejo con admiración, a pesar de sus casi quinientos años, conservaba el brío de la juventud, tal vez por eso, Dios lo eligió. La tecnología había ayudado un poco, por supuesto, las maquinas rejuvenecedoras de células alargaban la vida de los hombres que podían pagarlas.

Sus padres eran científicos, ambos trabajaban para los laboratorios Sufery, expertos en esas tecnologías de rejuvenecimiento, el mismo, al igual que sus hermanos, las habían probado varias veces. Pero con todo y esos avances, el tiempo se alargaba un poco, pero jamás se detenía.

—He decidido ayudar a mi padre, Leina.

—¿Tú también al igual que tus hermanos, creerás en sus locuras?

—Las lluvias torrenciales cada vez son más frecuentes en este lugar, donde difícilmente llovía, no piensas que tal vez en algo tiene razón.

—No lo sé. El hombre ha creado demasiada tecnología como para que la amenaza de la lluvia lo puede amedrentar. Eso sin contar con que tenemos la ayuda de los nefilims. ¿Acaso crees que ellos que nos han ayudado en nuestro desarrollo, van a permitir que este mundo se destruya? Ellos llegaron desde su planeta y les gustó nuestra forma de vivir, tanto que decidieron unirse a pobladores de la tierra. Ellos nos compartieron mucha de la ciencia que hoy conocemos, no nos dejarán morir.

—Creo que tu fe está con ellos y no con Dios.

La mujer suspiró con hartazgo.

—Sabes lo que pienso respecto a ello. No niego que tal vez exista algo poderoso, pero no el Dios del que tu padre habla. Eres una persona inteligente, no deberías en creer las historias.

—Mi tatarabuelo Enoc fue prueba viviente de ello, Leina. Fue llevado al cielo por el mismo Dios.

—Suran nuestro vecino nefilim, dice que es probable que haya sido abducido por seres de algún otro planeta.

—Iré a ver a mi madre, pienso ayudarla en la recolección de ADN.

Un año después, las tormentas continuaban azotando la ciudad, algunos habitantes se habían acercado a Cam, hermano de Sem y Jafet, para indagar un poco sobre el trabajo de su padre.

—Hemos terminado, ha sido un trabajo arduo este año, en el navío hay suficiente espacio para el que quiera venir con nosotros, hemos reunido suficiente comida empaquetada, alguna, otra transformada en píldoras que nos satisfarán al terminarse los paquetes —explicó Cam.

—No estamos seguros, las lluvias han inundado la parte baja del pueblo, pero la judicatura dice que pronto solucionará el problema. ¿Cuándo se irán?

—En dos días.

Las personas callaron, sentían miedo que las palabras del viejo resultaran ciertas, sin embargo, no estaban aún convencidos de dejar sus pertenencias.

Dos días después, Noé y su familia utilizaban la plataforma transportadora que llevaba la embarcación hacia el río más cercano. Subió Noé, junto a su esposa Naamá, sus tres hijos y sus esposas, al igual que sus nietos, un total de veinticinco personas. Mientras los pobladores observaban indecisos aún.

Al momento que el navío tocó el río, la tormenta embraveció. Doura, la hija menor de Cam, gritó atemorizada y salió del barco, mientras todos la llamaban a regresar.

—¡Oh, pequeña mía! Embárcate con nosotros y no te cuentes entre los incrédulos. —rogó Noé.

—No lo haré. Me refugiaré en una montaña que me protegerá de las aguas. Esta embarcación puede perderse en las aguas. No me quedaré.

—Hoy no habrá nada que pueda socorrerte del designio divino y sólo se salvará aquel a quien Dios le tenga misericordia.

Nadie pudo detenerla, por el contrario, fue seguida por la mayoría de los habitantes del pueblo.

Los pocos que se quedaron, no se atrevían a subir. Fue Grotahan, un nefilim que los instó a no hacerlo.

—Entiéndalo de una vez. No hay salvación en ese barco. Suban a mi vehículo volador. Aunque no hay suficiente visibilidad, volaremos hasta salir de la tormenta.

Noé les explicó que los vientos tumbarían cualquier artefacto. Pero los pobladores confiaban en los nefilims, más que en las palabras de un viejo, que decía hablar por Dios. Decidieron seguir a Grotahan.

La nave comenzó su camino y de inmediato comenzaron los torbellinos. Antes de cerrar todas las escotillas, detrás de ellos, Noé observó los vehículos cayendo uno a uno absorbidos por la fuerza giratoria de los vientos. De igual forma, a través de la mirilla fue testigo de cómo el agua se comió a las montañas. Era el adiós de los pobladores de esa ciudad y de los nefilims y entre ellos, su nieta.

El agua fue aumentando hasta transformarse de un pequeño río, a un mar embravecido. La embarcación se movía de un lado hacia otro sin control humano. Solo sostenido por la fe de sus tripulantes.

Diez días después el mar se volvió calma. Él y sus hijos pudieron salir a la superficie. No había tierra visible. A donde quiera que miraran solo había agua.

—Debo disculparme, Sem —indicó Leina, tocando el hombro de su esposo y el de su suegro.

—¿De qué hablas?

—De mi incredulidad. Me rehusaba a creer en sus palabras. Lamento la pérdida de mi sobrina, y debo confesar que a punto estuve de seguirla.

—Es comprensible, hija. Lo importante es que estamos a salvo y un día el agua se secará y volveremos a pisar tierra firme —explicó Noé.

—Y después, ¿qué sucederá?

—Repoblaremos la tierra, Leina. Contaremos de los pecados de la humanidad, para que no vuelva a suceder. Atestiguaremos la misericordia de Dios hacia nosotros, pero no mencionaremos la tecnología. Ese secreto se lo llevarán las aguas. Cada uno de ustedes deberá partir hacia un lugar distinto de la tierra. Poblaran el mundo y educaran a su descendencia en el amor de Dios. Y ojalá nunca más el hombre quiera sentirse una divinidad, creando máquinas y manipulando las especies. Debe quedar asentado en la ley de Dios.

—Ya no podremos rejuvenecer nuestras células —preguntó Sem, sonriendo.

—No hijo. El hombre vivirá a partir de ahora un máximo de cien años.

El discurso

Adelaida se sentó en el sofá. Observaba la gente a través de la ventana. La música de Bach la relajaba. Cerró los ojos permitiendo que las notas llenaran sus oídos. La puerta se abrió sorprendiéndola.

—Hola —indicó Alberto al entrar.

—¿Es tan tarde?

—No. Salí temprano de la oficina. ¿Qué tal va el discurso?

—No va.

Alberto se sentó a su lado, la tomó de los hombros y acarició su antebrazo. Ella le sonrió, luego agachó la cabeza.

—Quisiera decir algo inspirador, pero no encuentro las frases, o el tono que me agrade.

—Los chicos no vendrán, tienen muchas tareas. Comamos por ahí. Un descanso te servirá para que mañana tus palabras sean las mejores de tu vida.

El ambiente en el restaurante era cálido, la iluminación suave al igual que la música romántica de José José.

♫Un día llegará quizás que tenga que pagar muy caro, por no saber decir que no, al ansia de llegar más alto. ♫

—¿Crees que algún día tenga que pagarlo? —Su voz era un murmullo.

—¿De qué hablas? ¿De tu elección?

—Me hubiera gustado que todo hubiera sucedido de una manera distinta.

Unos meses atrás Alondra Sifuentes, sentada en su mesa, le hablaba de su propuesta. Podría ser la directora de la paraestatal en la que trabajaba. Un mejor sueldo y la posibilidad de avanzar en su carrera.

—Pero según las reglas, debo tener más de diez años de servicio. Además aún no he terminado la maestría. Entiendo que es indispensable.

—No te preocupes esas son nimiedades que resolveremos. Hay gente que me debe unos cuantos favores. Los votos yo los conseguiré. —aseveró Alondra.

La música de José José cambió por algo más moderno. Su esposo la miraba con ternura. Ella correspondía con una sonrisa nerviosa.

—Me siento confundida, tal vez eso no me permite redactar.

—Tú no rompiste las reglas, fueron ellos. Era una oportunidad que no se podía dejar pasar. Sé que puedes hacer mucho bien en ese lugar.

Adelaida observó a su marido, frunció la frente, abrió su boca intentando decir algo. Al final, optó por el silencio.

Esa noche sentada en el desayunador, intentaba terminar su discurso. Escribía unas líneas, luego las borraba. Sonreía ante una frase, torcía sus labios ante otras.

Julio, su hijo adolescente, entró a la cocina. Tomó una bebida del refrigerador, se acercó al papel que su madre garabateaba y dijo:

—¿Aún no lo tienes listo? Mañana será el día, ¿no?

—Me está costando mucho esfuerzo escribirlo. Tal vez no estoy concentrada.

—Deberías imaginar una situación diferente.

—No te entiendo.

—Sí, solo imagina que no hiciste trampa, y te será más fácil redactarlo. —El chico sonreía de una manera franca—. ¿Tú qué crees, Alicia? —preguntó a su hermana que entraba en ese momento—. A mamá se le dificulta escribir su presentación.

La chica se encogió de hombros e indicó: —Yo qué sé.

—¿No te hace sentir orgullosa que haya obtenido ese puesto? —Adelaida preguntó a su hija, ansiosa por la respuesta.

—Me agrada que puedas comprarme el teléfono que te pedí. Si puedes colarte a otro puesto de la misma manera sería grandioso para mí.

Los chicos salieron de la cocina, charlando de la escuela y cosas que solo ellos entendían. Adelaida tomó el lápiz continuó la redacción de su discurso. Esta vez las palabras surgieron sin esfuerzo. Mañana sería un gran día. Dobló la hoja y comenzó a llorar.

La Verdad

No son necesarios los disimulos. Bordear nuestro cuerpo con incertidumbres vanas. Dejar abiertas heridas tan profundas que alteren nuestro espíritu hasta dejarlo hueco, estático, moribundo. No son indispensables los engaños. Más allá de nosotros mismos, me perteneces y te pertenezco. Sin que exista más verdad…  Por ahora.

Tal vez después te irás. Te arrastrará la vida, de la misma manera que ahora nos ha unido. No hay más. No hay espacio para engaños. Simplemente estamos aquí ahora.

La verdad eres tú. La verdad soy yo.

Cuando muere el amor.

 

 

Te vi pasar, tan lejana, tan ausente, como si hubieran sido siglos los momentos sin mí. No pareces extrañarme. Ni que mi ausencia aún te duela. Parecías feliz, segura de ti misma. Fuerte como una roca. Volvió tu sonrisa, aquella que creías haber perdido.

Si hubiera sabido cuanto me dolería tu olvido, jamás me hubiera arriesgado a perderte. La lección ha sido muy dura. Tarde aprendí a no jugar con el amor. Me sentía tan confiado de que nunca te perdería, que no me detuve antes de lastimarte. Al final quien más perdió fui yo.

Después posaste tu mirada en la mía, tan profunda como aquellas veces que me mostraba tus sentimientos. Pero que ahora solo me regaló indiferencia. ¿A dónde se fue tu amor? ¿Acaso se quedó enredado entre todos mis descuidos? Intenté encontrar algún resquicio de la gran exaltación que tiempo atrás te provocaba mi presencia, encontré, sin embargo, la frialdad de una piel dormida ante mi contacto

Un beso en la mejilla como un insensible símbolo de lo que significa el olvido. Un cómo estás sin pasiones, ni el interés de la respuesta. ¿Dónde guardaste mis recuerdos? ¿En qué lugar perdido en tu conciencia encerraste los momentos que vivimos?

—He pensado mucho en ti en estos días —acerté a expresar con torpeza. Sonreíste indulgente pronunciando un simple adiós. Deseaba decir algo que te hiciera recordar lo que antes te unió a mí, pero no encontré nada que pudiera cambiar tu indiferencia.

Ese fue el final de la historia. Hubo tanto amor en ti, tanto, como ahora hay olvido. Te vi alejarte; con cada uno de tus pasos percibí el agonizar de mi esperanza. Cuando muere el amor, no queda más que vacío.

Sor Juana y los hombres necios

Sor Juana y Sor Gabriela, la novicia asignada a la primera para su cuidado e instrucción, se encontraban sentadas frente al escritorio de la madre superiora. La joven colocó sus manos en el regazo y permaneció con la mirada baja.

—Escuchadme bien, hermana, tal vez la anterior madre superiora os permitía estas libertades, pero a partir de hoy, las reglas han cambiado. Este es un convento y de ninguna manera voy a permitir que entren hombres a vuestra celda.

La cara enrojecida de la monja, le daba un toque de humor, más que de poder, Juana no pudo evitar sonreír al ver su rostro regordete, sus cejas levantadas y el tono rojizo de sus mejillas y nariz. Era el castigo de las personas muy blancas, enrojecer ante cada sensación, hasta hacerles imposible ocultar sus pensamientos.

—¿Por qué sonreís? ¿Os parezco graciosa? Juana tapó su boca y bajó la mirada, no quería hacer sentir mal a la mujer pero tampoco podía mentir. De verdad, era hilarante.

—Lo siento, madre, no quiero pareceros grosera. Sin embargo, considero mi deber deciros que el permiso de visitas, me es otorgado por un poder superior al vuestro. El virrey de la nueva España me ha concedido la licencia para recibir a quien me sea de provecho para mi crecimiento intelectual.

Tanto la madre superiora, como Sor Gabriela voltearon hacia el rostro de Sor Juana sorprendidas ante sus palabras.

—Pero de qué habláis. ¡Explicaros!

—Tanto el virrey Don Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, como su esposa, Luisa Manrique de Lara son mis más fieles compañeros. Ellos disfrutan mi compañía y mis escritos. Y me es un placer recibirles, a ellos y a Don Carlos de Sigüenza y Góngora. Mi biblioteca se ha nutrido gracias a los libros que me ofrecen en cada visita.

—No entiendo. Si tanta era vuestra pasión por la vida social y lectura de libros no sagrados, porque os habéis consagrado como monja.

—Acaso existiría otra posibilidad para mí de ser libre. No es como mujer, una carga impuesta seguir a un hombre, pertenecerle y renunciar a mí misma por él o por su descendencia, la cual estaría obligada a procrear, aún en contra de mis deseos. No está el porvenir de las mujeres escrito en una ley imborrable e inalterable. Heme pues aquí dispuesta a vivir de la forma que yo me diseñe. Si estar en este convento es la llave de mi libertad, la tomo y acepto los sacrificios de esta vida.

—¿Cómo podéis hablar así? —inquirió Sor Gabriela.

—¿No estáis vos recluida aquí huyendo de alguna forma de un sino prefijado?

—Por supuesto que no. Mi vocación es pura y llega a través de mi alma con el más puro amor hacia Dios.

—Me disculpo por mis malos pensamientos que han visto en vuestros ojos una sombra de celo ante vuestra hermana y vuestro cuñado, a quien de igual forma he juzgado mal, pues de manera errónea observé sus miradas cruzarse durante un tiempo, que mi desconocimiento me hizo juzgar muy largo.

De nuevo el sonrojo de las personas de piel blanca, que delata sus pasiones y sus miedos. El rubor que en Sor Gabriela, parecía, sin embargo, dotarla de belleza e inocencia.

—Así es nuestra vida. No nos es posible elegir nuestro destino, y la mejor rebeldía es hacer cuanto esté a nuestro alcance para decidirla nosotras mismas. ¿Cuáles fueron sus razones, madre?

La mujer se levantó de inmediato, caminó a la ventana que daba al patio y vio a las monjas en sus quehaceres.

—Somos mujeres, somos simples mortales iguales a los hombres; no obstante, nuestro deber, de acuerdo a los cánones de la sociedad, es ser buenas, pacientes, amorosas. Nuestro designio está atado a los demás. Observadlas a todas ellas, ¿alguna tiene el derecho de pensar diferente? ¿No nos acusarían ellos, con razón o sin ella, de provocar una revolución con nuestras ideas?

—Así es, los hombres son necios.

—Vayan a sus labores, hermanas. La próxima visita de Don Carlos, me gustaría ser invitada también. Y no es el virrey quien lo ha decidido, he sido yo, no lo olvide.

—Gracias, madre. Creo que tengo el principio de un nuevo poema.

Veneno II

Chris transita por el callejón, ha seguido cada una de las indicaciones, al final, localiza una pequeña puerta. La llave para abrirla está bajo el bote de basura. La introduce en la cerradura, entra, camina diez pasos, a su izquierda, se encuentra el interruptor de la luz. No lo encenderá hasta que se le indique. Se queda parado. Después de algunos minutos se siente delirante. No hay indicación de encender la luz. Busca el botón, pero no se decide a oprimirlo. Debe esperar. Luego de quince minutos más escucha la voz de su hija:

—Enciende la luz.

—Dios santo, Gloria, ¿estás bien?

—Enciende la luz.

Lo hace. Gloria está sentada mientras un revolver apunta a su frente. Solloza silenciosa. Una lágrima cae sobre la falda de su vestido.

—Solo tienes que entregarme las caja. No hagas nada si no quieres que jale el gatillo. —Le dice un hombre con la cara cubierta por un pasamontañas. Andrés muestra el objeto. El individuo estira su mano izquierda para tomarla, pero aquel la aleja.

—Primero suéltala.

—No estás al mando.

—Sí lo estoy. Suéltala primero, si no quieres que accione el explosivo que coloqué. O la sueltas, o nos morimos todos.

El hombre lo mira un momento sopesando las posibilidades. Suelta a la chica, y le dispara a Andrés en el pecho. Gloria corre a su lado al verlo caer, parece que respira. Toma el estuche, examina el botón para accionar el explosivo. Vislumbra al individuo acercarse. Solo es un segundo de decisión.

Impacto

A través del parabrisas, Regina observó al conductor del automóvil frente al suyo, aproximándose con tal rapidez que el accidente fue inminente.

Por la mañana no había desayunado, a pesar de los ruegos de su madre. Cada mañana era lo mismo. No le apetecía, pero ella insistía en preparar algo. Lo entendió en el instante que la mirada sorprendida del chico, se clavó en la suya. No había podido agradecerle lo que hacía por ella cada día.

Escuchó el sonido del metal chocando con otro metal. La blusa azul cielo que llevaba puesta era de su hermana Luisa. Vislumbró la mancha que quedaría, causada por su sangre. La tomó sin permiso, aun sabiendo cómo le molestaba que no le pidiera las cosas antes de tomarlas.

Observó los pequeños pedacitos de vidrio e imaginó que cada uno había atrapado un momento exacto de su vida.

Más sonidos, más dolor. «Te extraño, papá. Lamento haberme molestado contigo por tu nueva familia». Fue su último pensamiento.

Lluvia

La lluvia no cesa. No soporto el sonido del agua sobre la acera, no disfruto observarla a través de las ventanas. El sol se esconde, igual que mis deseos de continuar.

Antes me gustaba, antes salíamos a mojarnos la cara con las gotas frías, sin importarnos el invierno o la gente que nos miraba, porque tus brazos me abrigaban y me protegían de todos.

Hoy prefiero estar aquí en la oscuridad, encerrada, cobijada con mis angustias y mis recuerdos de ti. Las cortinas corridas para no ver la calle.

Recuerdo tu olor y tu voz profunda, me siento muy poco, tan sola sin ti. Me hacen falta tus manos, quisiera dormir y despertarme cuando el sentimiento que me abruma hoy, haya desaparecido.

Estoy llena de ausencia y vacía de sentido.

Olvido

¿Cuándo dejará mi boca de besar tu imagen?

¿Y mis oídos de escuchar los te amo que no pronunció ya?

¿Cuándo mis ojos se cerrarán por las noches, sin que aparezca tu imagen burlándose de mi vida?

Me pregunto si mis sueños alguna vez dejarán de correr hasta ti, intentando de manera absurda alcanzarte.

Tal vez el tiempo me entregue el olvido, mientras tanto mi boca solo tiene el sabor amargo de tu adiós.

Visitante

Al despertar vio a un hombre desconocido dentro de su alcoba, de espaldas a ella, mirando hacia la calle por la ventana.

—¿Qué hace aquí? ¿Quién es usted? ¿Cómo entró? —Yamilet buscó su celular sobre el buró.

El hombre giró hacia ella y sonrió con indulgencia.

—Son demasiadas preguntas, que no puedo responder. No hay tiempo. Necesitas escapar. Mañana la policía te arrestará por asesinato, la única manera de evitarlo es que huyas ahora mismo.

—Entiendo, intenta tranquilizarte. Si me das el número de algún pariente o amigo, puedo llamarlo y pedir que vengan a buscarte.

Ella se dirigió a la sala, donde tomó el teléfono, pero la línea estaba muerta.

—Estamos detenidos en el tiempo, no hay ninguna señal por ahora. No tienes que creerme, solo mira por la ventana.

A través del vidrio, pudo observar los mismos edificios de siempre, automóviles, y gente, pero esta vez estaban congelados, como estatuas.

Sintió un escalofrío, el hombre en cambio, parecía sereno.

—¿Y a quien se supone que mataré?

—A mí. Golpearás mi cabeza tan fuerte, que moriré al instante… El tiempo volverá en un segundo. ¡Escapa!

Yamilet despertó y vio a un desconocido dentro de su alcoba, de espaldas a ella, mirando hacia la calle por la ventana. Tomó la lámpara y lo golpeó tan fuerte como pudo.

Café Por La Mañana

Javi estaba sentado a la mesa mientras Selene le apuntaba con una pistola. Sus dedos en el gatillo temblaban, al igual que sus emociones, pero no era momento de ser débil.

—Adelante. ¿Qué te detiene?—la alentó mientras daba un nuevo sorbo a su café.

—No creas que no lo haré.

Se encogió de hombros y por primera vez la miró a los ojos.

—Si disparas, acabará esto de una buena vez. Terminarán los celos, las venganzas, los intentos por escapar de esta relación, que lo único que logran es reunirnos de nuevo. Hazlo, no lo dudes.

Él siguió tomando su café y ella, con la pistola entre sus manos. Observó el celular sobre la barra, apuntó al aparato y tiró del gatillo. Luego se sirvió una taza y se sentó a su lado.

—Tómalo pronto —indicó él con calma. No tardaran los vecinos en venir a preguntar qué sucedió.