Un día Único II

 Un día único parte I

Un mes después decidió alejarse de todo; por lo cual, escogió una ciudad de provincia que supuso le podría proporcionar la calma adecuada para olvidar el accidente. Dos jornadas tranquilas, disfrutando del lugar, le habían sugerido que el viaje había sido una buena idea.

Todo cambió ese día, el hombre extraño comenzó a perseguirla. ¿O acaso fue su imaginación? Estaba lejos de ella cuando se sintió acosada. Tal vez su mente le jugó una mala pasada haciéndola revivir la angustia vivida con anterioridad.

Los pies de Marión pedían descansar tras largos metros de carrera. Ella sabía que no podía detenerse aún, no sin antes comprobar la situación a su alrededor. Apresuró su marcha. Su figura esbelta parecía una visión que avanzaba abriéndose paso entre los autos estacionados y los que transitaban por las calles.

¿Pedir ayuda? Lo pensó. Podría llamar la atención de algún automovilista, pero temió que no quisieran ayudarla. Una persona huyendo significa problemas, y la mayoría de la gente se aleja de éstos sin pensarlo.

Dos cuadras más adelante, había un parque, consideró que podría perderse entre los árboles. Quizás encontraría alguna persona paseando por ahí. Caminó sin voltear hacia atrás, no quería dar un segundo de ventaja.

Al llegar al parque se detuvo tras un árbol viejo; su grueso tronco podría darle la oportunidad de ocultarse mientras observaba las calles que había atravesado. No parecía haber nadie siguiéndola; no obstante, aún se sentía en peligro.

—No deberías huir de tu destino. —La voz a su espalda la estremeció.

El hombre estaba ahí, justo frente a ella. Observó la mirada, el gesto, incluso la misma gabardina que usaba aquel día.

—Usted murió. No puede estar aquí —le indicó con la voz quebrada mientras sus ojos se humedecían y su cuerpo temblaba.

—El tiempo, el espacio, la muerte, todo es relativo. Estás aquí huyendo de nuevo, alejándote del camino que tus poderes te han trazado.

Ese hombre era un espejismo, él no podía estar frente a ella. Solo tenía que cerrar los ojos, pensar en algo diferente y él desaparecería.

—¡Aléjate! —le ordenó al hombre con pétrea convicción.

Una fuerza interior la dominaba. Los árboles del lugar parecían dar vueltas alrededor de ambos. Una punzada en su cabeza la hizo colocar sus manos en sus oídos. Un sonido gutural salió de su garganta.  Justo en ese instante el hombre explotó ante sus ojos.

Marion observó las pequeñas partículas que se movían como en cámara lenta hasta desaparecer en el aire un poco antes de que ella se desvaneciera.

Mi Historia Romántica (parte I)

Cuando él estaba cerca, mi estómago parecía contener mariposas. Lo conocía de toda la vida; después de todo, hemos sido compañeros de clase desde el jardín de niños, además de vivir en la casa de enfrente. Solíamos jugar juntos cuando éramos pequeños, pero en ese tiempo lo consideraba otro niño tonto.

No sé con exactitud el momento en que se convirtió en el tipo cool de la preparatoria que nunca se perdía una gran fiesta, ni cuando me transformé yo en la muchacha tímida que prefiere estudiar en casa que bailar en una fiesta. Por supuesto, que algunas veces me invitaban, pero no disfruto los lugares llenos de gente, con música a todo volumen.

Sean… Un nombre un poco extravagante que desde hace algunas semanas comenzó a repetirse en mi cabeza.

Ese día, Arturo, otro compañero, corría por el pasillo sin cuidado, por lo que me tiró al suelo.

—Ay, te caíste —dijo Arturo con burla.

—Claro que no, me eché al suelo porque creí que un enorme oso corría tras de mi —respondí cáustica.

Arturo intentó decir algo, pero todos comenzaron a reírse de él por lo que decidió alejarse.

Sean estaba allí y de manera gentil me ofreció su mano para ayudarme a levantar. No pude evitar perturbarme al sentir su roce y ver su sonrisa. Me fue inevitable notar lo guapo que era.

—¿Estás bien, Alicia? —me preguntó con una sonrisa en su rostro.

Solo agradecí, pero todo cambió desde ese momento. Era la primera vez desde que habíamos crecido que el notaba mi presencia. Las cosas extrañas que fueron sucediendo transformaron mi vida en un torbellino.

El lunes siguiente, había llovido todo el día. Iba camino a casa de la escuela, que estaba a solo unas calles. Caminaba con mi paraguas intentando cruzar la calle cuando una camioneta paso a gran velocidad y me salpicó toda. Me quedé pasmada por unos segundos, luego sonreí. Cerré mi sombrilla y continué caminando bajo la lluvia. Todos me sonreían, Mi amiga Pam y Benji lo cerraron también y caminaron a mi lado. Me sentía feliz, aunque mi sonrisa se congeló cuando vi a Sean sonriendo de igual manera en la calle de enfrente. Insté a mis amigos a correr junto conmigo y todos nos divertimos ese día.

Mi Historia Romántica (parte II)

Aquí encontrarás la Parte I

Unos días después, el grupo salió de campamento, el maestro de Biología, el señor Luna, había planeado ese viaje durante mucho tiempo. Era parte de nuestro proceso de enseñanza, por lo que deberíamos recolectar diferentes tipos de hojas.

Me senté al lado de Pam, mi mejor amiga, ella es la chica más lista que he conocido, además de linda; sin embargo, nunca pone atención a su atuendo ni a su arreglo personal; no muestra demasiado interés en esos detalles. Tampoco lo hago yo, pero al menos intento lucir bien en ocasiones especiales.

Sin embargo, Sally es diferente a nosotras. Se arregla como si fuera a una boda. Su pelo siempre está peinado de manera profesional. Ese día usaba una blusa blanca bordada, pantalones de vestir y sandalias de tacón que mostraban la pintura impecable en las uñas de sus pies. Su cabello estaba trenzado con un hermoso listón de seda anudado hacia un lado. Lucía deslumbrante, aún más, al estar sentada junto a Sean. Observé mis pantalones de mezclilla y mi nada femenina camiseta con la leyenda “100% soltera”.

Yo estaba al frente, ellos en la parte trasera del autobús, no podía verlos, pero si escuchaba sus risas. Decidí colocar mis audífonos para escuchar música durante el largo trayecto.

Nos dieron las instrucciones al llegar. La más importante era reconocer vegetación alergénica como la hiedra venenosa, la cual deberíamos evitar manipular. Todos conocíamos las posibles consecuencias.

El maestro Luna decidió formar parejas. Para mi mala suerte, Sally resultó ser mi compañera. Él y su compañero iban delante, podía distinguir sus intentos por verla.

Fue una tarea espantosa. Sus tacones entorpecían nuestro progreso, se tropezaba cada diez segundos, además de estar renuente a acercarse a las plantas.

—Están sucias, cariño, ¿no lo ves? —renegó.

—Se supone que lo estén, “cariño”, son hojas. —Continué recolectándolas.

—No entiendo esta actividad. ¿Cuál es su propósito al traernos a este terrible terreno lleno de polvo e insectos, con un camino rocoso que hace difícil caminar, por Dios Santo?

—¿Por qué no te pusiste algo más cómodo, acorde a este sitio?

 —Podría explicarlo, pero no creo que lo entiendas.

Observó mi ropa con desaprobación, luego giró su rostro evitando dirigirme la palabra.

Sean estaba cerca, lo suficiente para escuchar nuestra plática. Podía ver su sonrisa. Me parecía probable que él si entendiera por qué ella usaba zapatillas en lugar de zapatos deportivos. Todos los muchachos lo hacían.

—Necesitamos tomar diferentes tipos de hojas si queremos tener una buena calificación —le expliqué con paciencia.

—No quiero tocarlas, están repugnantes.

—No están sucias, solo tienen tierra. Estamos en el campo por si no lo has notado

Frunció el ceño decidiendo en ese instante comenzar a guardar hojas. Mala decisión. Tiene estilo para vestirse, aunque no mucha inteligencia. Estaba a punto de tomar hojas de hiedra. Sin darme tiempo para analizar la situación, acercó su mano a la planta; sin embargo, asustada por mi grito, se movió, justo en el instante que intentaba alejarla, por lo que fui yo quien cayó sobre las hojas.

No es necesario explicar lo que sucedió con mi piel. Mi rostro se inflamó. Todos me observaban, algunos divertidos, otros con verdadera preocupación. Como Pam, quien sollozaba como si fuera ella quien estuviera lastimada. No tenía el valor para ver la reacción de Sean en ese momento.

—Les pedí ser cuidadosos con la hiedra, Alicia —me sermoneó el maestro.

Voltee hacia Sally esperando su respuesta, pero solo observaba el esmalte de sus uñas. No deseaba ser una chismosa, me quedé callada. Sin embargo, escuché la voz de Sean a mis espaldas.

—Intentaba salvar a Sally.

Por primera vez, ella levantó su cabeza para observarlo, abriendo su boca con desconcierto.

 —No la iba a tocar, ella se confundió.

—Ambas deben ser más cuidadosas, deben seguir las instrucciones.

El grupo comenzó a caminar hacia el camión.

—¿Cuándo crees que estarás mejor, Lozano? —me preguntó Sean usando mi apellido.

—Lo explicaré así, Romo, el próximo día de Halloween, no me compraré un disfraz, seré un zombi.

—Entonces seré un cazador de zombis.

Al regreso, él se sentó junto a su amigo Ronaldo. Yo me sentía tan terrible que deseaba desaparecer. En ese momento observé a Sally sentada sola, tan enojada que no pude evitar sonreír. Era una sonrisa extraña con mi cara hinchada, pero tenía a Pam al lado, ¿no era suficiente para sentirme mejor?

Mi historia Romántica (parte III)

Aquí encontrarás la Parte II

Los primeros días después del accidente con la hiedra, mi cara estaba enrojecida e inflamada y el dolor era espantoso. Por órdenes médicas, me quedé en casa los dos primeros días, pero al tercero debía asistir al examen final de química. Observé mi rostro en el espejo y practiqué una risita. ¡Era un desastre! Sin embargo, de ese examen dependía la beca que estaba a punto de obtener para entrar a la universidad. La cara deforme era temporal, mi futuro era más importante.

Eran las nueve de la noche y continuaba repasando los temas de estudio. Cuando tocaron a la puerta. Mamá atendió y desde la sala donde estaba sentada rodeada de notas y libros, asombrada, reconocí a Sean en el umbral.

—¿Se encuentra Alicia?, señora Lozano. —Le mostró una caja envuelta para regalo con un moño color púrpura—. Me gustaría entregarle algo en persona.

—Voy a preguntarle. No sé si quiera salir por el problema en su cara.

—Entiendo.

—En realidad, no es nada que no haya visto antes, ¿no es así? —Los sorprendí a ambos al acércame a la puerta—. Pasa, estoy repasando un poco, ¿tú cómo vas con eso?

—Mmm, digamos que decidí no estresarme demasiado por ello.

—Los dejó. Estás en tu casa, Sean. Si necesitan algo, me llaman —indicó mamá.

—Siéntate. Me parece raro verte aquí.

—Lo sé….mmm, en realidad, quería entregarte esto.

—¿Qué es?

—Ábrelo y velo por ti misma.

Jamás había visto un moño de color púrpura, se veía hermoso contrastando con el papel de regalo con el que estaba envuelto, con la imagen de árboles. Me fascino el contraste, pero al mismo tiempo me asustó que se tratara de una broma cruel.

Rompí el papel sin miramientos en un solo movimiento, dentro estaba una caja que no me daba una pista de su contenido.

—Tienes prisa por ver que hay.

—Lo siento, nunca he tenido paciencia para abrir los regalos, me intriga saber lo que está dentro de todo lo que lo envuelve.

Jalé la cinta que unía la tapa de la caja y pude ver el contenido. Era un jarrón translucido de color rosáceo, decorado con hojas de diferentes formas y tamaños. Toqué las hojas y sentí su relieve, aun podía sentir sus venas, pero se sentían suaves y no rugosas como lo están en su estado natural. Por inercia acerqué el jarrón a mi nariz, olía a barniz. Era el jarrón más hermoso que alguna vez hubiera visto.

—¿Lo hiciste tú?

—Para ti.

—No entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Porqué lo hiciste.

—Recolecté más hojas de las necesarias para hacerlo. Escogí las más firmes y peculiares, de manera que le dieran belleza al jarrón.

—Es hermoso, en verdad. Pero ¿por qué no se lo regalas a Sally?

—¿Qué tiene que ver Sally? Solo pensé que sería bonito que el recuerdo que quedara de ese día fuera el regalo que yo te hice y no lo malo que sucedió.

No pude evitar mostrar mi sonrisa, la había visto en el espejo. Horrenda, era una palabra suave para describirla, pero de igual manera lo hice, en verdad que el recuerdo de estos días me llevaría a ese hermoso jarrón más que a mis terribles circunstancias.

—Siempre he creído que tienes una hermosa sonrisa, pero ahora al ver tu cara, —«En verdad va a describirla en este momento.»—, lo compruebo. Aun así, con tu cara hinchada y llena de ámpulas, lo que resalta es tu sonrisa tan franca y portentosa. Brillan tus ojos y reflejas una calma que contagia a todos.

—Gracias. —Por fortuna mi rostro estaba enrojecido por la irritación, de esa manera podía disimular mi turbación—. Es un regalo perfecto.

Sean se levantó del sofá y se acercó a la ventana, jugueteó con la cortina mientras me sentía cada vez más confundida.

—¿Sabes que tomo lecciones de piano?

—No, no tenía idea.

Su cabello y ropa a la moda, su ritmo al caminar, su mismo círculo de amistades, se me antojaban más el estilo de un deportista que el de un pianista.

—Habrá un recital el próximo domingo. Imagino que para entonces estarás mejor, me gustaría que asistieras, cada alumno tocará un número, espero que disfrutes la música clásica.

—Me encantará asistir, puedo invitar a Benji, me gustaría que me acompañara.

—¿Benji? Sí claro, es solo que había pensado que, saliendo del recital, podríamos ir a algún lugar a festejar la presentación.

—Creo que a Benji le gustara acompañarnos.

—Muy bien. —Parecía decepcionado—. Te veré mañana en clases, supongo.

—Por nada del mundo me perdería ese examen. —Él sonrío.

Lo vi alejarse a través de la ventana. Me quede mirando la calle minutos después que había desaparecido, no alcanzaba a entender lo que estaba sucediendo. «¿Por qué quieres que vaya a ese recital?»

Esa noche no pude dormir por los nervios, no estaba segura si por el examen o por el recital. La mañana siguiente después del examen, continué sintiendo ese hueco en el estómago. Así que definitivamente no era eso lo que me ponía nerviosa.

—Deberías haberte quedado en casa, Alicia. No querrás espantar a los pequeños en la calle —Se burló Arturo de mi apariencia.

—¿Lo dices por mi rostro? Nah, estoy disfrutando estos días en grande, cuando alguien se me acerca solo pretendo estar lista para morderlo y se alejan, ten cuidado no vayas a ser el primero.

Abrí la boca fingiendo mordisquearlo, mostró una cara de fastidio al escuchar las carcajadas de Pam y Benji.

—La hinchazón desaparecerá pronto, gracias por tu preocupación.

Cuando les conté lo sucedido con Sean, ambos mostraron su desaprobación. Benji me dijo que no iría de ninguna manera.

—No entiendo qué te da miedo —refunfuñó Pam.

—No tengo miedo, es solo… confusión.

—Disfruta el momento, niña; solo déjate llevar.

—Y créeme no habrá nada que me convenza de ir —reiteró Benji.

—¿Ni siquiera si invito a Pam?

—Si vas tú Pam, también iré yo.

—De acuerdo. Iré a escucharlo tocar —respondió ella, después de pensarlo un poco—, pero al paseo irás tu sola.

Mi historia romántica (final)

Aquí encontrarás la parte III

—Escuché que Sally irá al recital—me contaba Benji, al día siguiente—. La escuchamos hablando por teléfono.

—Así es —confirmó Pam —. Le decía que no habría nadie mejor que él y que le encantaría ir a la celebración al final.

Me sentí desilusionada, por unos días había fantaseado con ese día. Ahora solo podía imaginarlos a ellos sonriendo felices. No iría, en definitiva.

—Tienes que ir. Por lo menos no los dejarás disfrutar la velada juntos —dijo Pam.

—No lo sé, tengo que pensarlo.

Más tarde Sean se acercó a mí cuando estábamos en el laboratorio

—Si irás, ¿verdad? —Estuve a punto de romper un tubo de ensayo, por la sorpresa de escuchar su voz a mi espalda.

—Aún no lo decido. Tal vez.

No quise girar para ver su rostro. Se quedó callado un momento luego me dijo:

—Espero que te decidas a ir. En verdad me gustaría verte en la sala.

Pensé unos segundos mi respuesta. Deseaba preguntarle porqué Sally iría también. Cuando me volteé a preguntarle, ya se había alejado. Me sentía confundida, así que opté por preguntarle a la persona que podía aclarar mis dudas: Sally.

La encontré en la cafetería. De manera extraña, estaba sola. Traía un vestido color blanco con flores amarillo canario y unos zapatos en los mismos tonos. Me pregunto dónde comprara su ropa. Llevaba el cabello suelto, solo sujeto con un broche del lado izquierdo. Cada cabello en su lugar, igual que el maquillaje en su rostro. En verdad era elegante.

—¿Puedo sentarme? —Me miró con fastidio y señaló la silla frente a ella.  —Supe que irás al recital de Sean…

—¿Sean?… ¿También estudia piano? No lo sabía.

Más confusión.

—Pero, escuché que irás y que después celebrarás.

—Así es, con mi familia. Mi hermano es el mejor de esa clase. Ya lo verás.

—Pensé que…

—Que iría a ver a Sean. ¿Por qué lo haría?

—Creí que ustedes dos eran muy amigos.

—¿De dónde sacas eso? Su amigo se la pasa buscándome y a mí no me interesa, y Sean me da igual. El día del viaje preferí sentarme a su lado, con tal de evitar a Ronaldo.

—No lo sé, ese día creí…

—Siempre tengo esa clase de problemas, todas creen que intento robar a sus novios. Me gusta vestir bien. Me gusta que todos volteen a mirarme, pero a veces me gustaría ser como tú. Todo parece ser tan simple para ti. Lo mismo disfrutas la escuela, que el campo, que un día de lluvia. Es igual si tu rostro tiene ronchas, de todas formas te presentas, sin importar lo que los demás piensen. Para mí todo es complicado, me preocupa tanto la opinión de los demás. Me parece difícil que algún día encuentre a alguien que me entienda. Y en definitiva no creo que sea en esta escuela.

—Claro que lo encontrarás. Eres muy linda.

—Lo sé. Debo irme, tengo que hablar con el maestro de ciencias.

El día del recital se me hizo un poco tarde porque mamá perdió las llaves del auto. Buscamos por todos lados y al final tuve que tomar un taxi. Llegué en el momento justo cuando presentaban a Sean. Tocó algo de Beethoven, y no se equivocó, al menos que yo lo notara, que no sé mucho de estas cosas. Pam y Benji estaban al otro extremo del salón. Después de escucharlo, se fueron.

Al final del recital ansiaba acercarme, para que viera que sí estaba presente, pero estaba rodeado de demasiadas personas que lo felicitaban. Decidí esperar, me senté en las jardineras mientras todos se retiraban. Cuando pudo verme, sonrió y caminó hacía mí. Se sentó a mi lado.

—Creí que no habías venido.

—Lo siento, llegué un poco tarde, por un imprevisto. Pero a tiempo para escucharte.

—Entiendo. Alicia, creo que me confundes, un día me dices que vendrás, al otro que no lo harás, te busco entre los asistentes y no te encuentro, y al final, aquí estás. Creo que…—Iba a seguir hablando de lo desconcertado que estaba gracias a mis propias confusiones, pero no lo dejé terminar. Me acerqué a él y simplemente le planté un beso. Fue dulce, se separó confundido—. Pero…

Iba a decir algo. Puse mi dedo en sus labios, pidiéndole no decir nada más. Sonreímos. Y luego fue él quien me besó.

Y aquí estoy, dos semanas después, con el rostro de antes, sin una sola marca, esperando a Sean, que me invitó al cine. Después estudiaremos en casa para el examen de admisión de la universidad que será muy pronto.

 

Cambios

Caminas despacio, contando cada uno de tus pasos, como si quisieras en ese afán, retrasar el momento de llegar a casa. El camino de siempre, la hora de siempre, la rutina de siempre, incluso él es el mismo de siempre, tu vida es la misma que has disfrutado todos estos años.

Las palabras, los gestos, las actitudes son las mismas; sin embargo, algo es diferente, algo te aprisiona y convierte el regreso en un momento incómodo.

Entonces, ¿qué ha cambiado? Analizas tu vida y entonces lo entiendes. Era tú la que ha cambiado.

 

 

Desamor

Hubiera querido decirle tantas cosas, de la soledad que sentía a pesar de estar a su lado. Le hubiera gustado decirle que necesitaba sentirse amada.

Necesitaba escuchar las palabras de amor, igual que las había escuchado hace algunos años cuando comenzó su relación. Pero hace tiempo que dejo de decirlas.

Día tras día estaba junto a ella, pero  la vez, estaba lejos. Caminó a su encuentro con pasos lentos, frente a frente, buscó el valor en su interior que le ayudaría a hablar; escuchó su voz suave, preguntando, “¿Me amas?”.

No obstante no dijo nada. No necesitaba la respuesta, esta estaba escrita en el día a día, aunque no deseara aceptarla.

Noé

Los aparatos de transportación quedaron varados entre las aguas de la carretera. Los vehículos voladores no podían despegar por la poca visibilidad, cada día las lluvias parecían más severas. Sem decidió dejar su transporte y continuar caminando a través de las calles altas.

—Creo que llegaré un poco tarde, querida. El centro del pueblo está inundado y me fue imposible continuar por las guías carreteras—le explicó a su esposa a través del fonodispositivo.

Antes de llegar a su departamento, se acercó al taller de su padre donde continuaba con su labor incansable de construcción de la nave.

—Perdóname padre —le dijo a este, quien sorprendido tiró la herramienta que traía en su mano.

—¿De qué te arrepientes, hijo?

—De no haberte creído. Sé que siempre me has demostrado ser un hombre honorable, de fe, sin embargo, creí que tu encuentro con el creador era solo un sueño. Durante estos últimos diez años has trabajado con ahínco en ese barco, que todo el pueblo considera el trabajo de un loco. Estos últimos meses, no obstante, la lluvia nos ha sorprendido cada vez más.

—Pronto llegará. Y como siempre, la gente culpará a Dios de sus calamidades. No quieren admitir que somos nosotros quienes hemos destruido la tierra, contaminándola con nuestras manufacturas, nuestra basura, nuestros deshechos, y encima de todo, la maldad de los hombres se ha incrementado, hasta dejarnos indefensos ante su violencia, sus robos, sus asesinatos y sus odios.

—Me uniré a ustedes. La bioquímica que conozco ayudará un poco a mi madre en su recolección del ADN de animales y plantas.

—Solo recuerda que debes aprender a hacer los cálculos por ti mismo, después de las inundaciones no quedará nada de las sistematizaciones que hoy poseemos. Para Jafet, siendo experto en estas, ha sido depresivo tener que abandonarlos. Nos llevaremos la tecnología necesaria para recrear el ADN de cada especie. Y será todo lo que almacenemos en cuanto a tecnología.

Sem asintió, mirando al viejo con admiración, a pesar de sus casi quinientos años, conservaba el brío de la juventud, tal vez por eso, Dios lo eligió. La tecnología había ayudado un poco, por supuesto, las maquinas rejuvenecedoras de células alargaban la vida de los hombres que podían pagarlas.

Sus padres eran científicos, ambos trabajaban para los laboratorios Sufery, expertos en esas tecnologías de rejuvenecimiento, el mismo, al igual que sus hermanos, las habían probado varias veces. Pero con todo y esos avances, el tiempo se alargaba un poco, pero jamás se detenía.

—He decidido ayudar a mi padre, Leina.

—¿Tú también al igual que tus hermanos, creerás en sus locuras?

—Las lluvias torrenciales cada vez son más frecuentes en este lugar, donde difícilmente llovía, no piensas que tal vez en algo tiene razón.

—No lo sé. El hombre ha creado demasiada tecnología como para que la amenaza de la lluvia lo puede amedrentar. Eso sin contar con que tenemos la ayuda de los nefilims. ¿Acaso crees que ellos que nos han ayudado en nuestro desarrollo, van a permitir que este mundo se destruya? Ellos llegaron desde su planeta y les gustó nuestra forma de vivir, tanto que decidieron unirse a pobladores de la tierra. Ellos nos compartieron mucha de la ciencia que hoy conocemos, no nos dejarán morir.

—Creo que tu fe está con ellos y no con Dios.

La mujer suspiró con hartazgo.

—Sabes lo que pienso respecto a ello. No niego que tal vez exista algo poderoso, pero no el Dios del que tu padre habla. Eres una persona inteligente, no deberías en creer las historias.

—Mi tatarabuelo Enoc fue prueba viviente de ello, Leina. Fue llevado al cielo por el mismo Dios.

—Suran nuestro vecino nefilim, dice que es probable que haya sido abducido por seres de algún otro planeta.

—Iré a ver a mi madre, pienso ayudarla en la recolección de ADN.

Un año después, las tormentas continuaban azotando la ciudad, algunos habitantes se habían acercado a Cam, hermano de Sem y Jafet, para indagar un poco sobre el trabajo de su padre.

—Hemos terminado, ha sido un trabajo arduo este año, en el navío hay suficiente espacio para el que quiera venir con nosotros, hemos reunido suficiente comida empaquetada, alguna, otra transformada en píldoras que nos satisfarán al terminarse los paquetes —explicó Cam.

—No estamos seguros, las lluvias han inundado la parte baja del pueblo, pero la judicatura dice que pronto solucionará el problema. ¿Cuándo se irán?

—En dos días.

Las personas callaron, sentían miedo que las palabras del viejo resultaran ciertas, sin embargo, no estaban aún convencidos de dejar sus pertenencias.

Dos días después, Noé y su familia utilizaban la plataforma transportadora que llevaba la embarcación hacia el río más cercano. Subió Noé, junto a su esposa Naamá, sus tres hijos y sus esposas, al igual que sus nietos, un total de veinticinco personas. Mientras los pobladores observaban indecisos aún.

Al momento que el navío tocó el río, la tormenta embraveció. Doura, la hija menor de Cam, gritó atemorizada y salió del barco, mientras todos la llamaban a regresar.

—¡Oh, pequeña mía! Embárcate con nosotros y no te cuentes entre los incrédulos. —rogó Noé.

—No lo haré. Me refugiaré en una montaña que me protegerá de las aguas. Esta embarcación puede perderse en las aguas. No me quedaré.

—Hoy no habrá nada que pueda socorrerte del designio divino y sólo se salvará aquel a quien Dios le tenga misericordia.

Nadie pudo detenerla, por el contrario, fue seguida por la mayoría de los habitantes del pueblo.

Los pocos que se quedaron, no se atrevían a subir. Fue Grotahan, un nefilim que los instó a no hacerlo.

—Entiéndalo de una vez. No hay salvación en ese barco. Suban a mi vehículo volador. Aunque no hay suficiente visibilidad, volaremos hasta salir de la tormenta.

Noé les explicó que los vientos tumbarían cualquier artefacto. Pero los pobladores confiaban en los nefilims, más que en las palabras de un viejo, que decía hablar por Dios. Decidieron seguir a Grotahan.

La nave comenzó su camino y de inmediato comenzaron los torbellinos. Antes de cerrar todas las escotillas, detrás de ellos, Noé observó los vehículos cayendo uno a uno absorbidos por la fuerza giratoria de los vientos. De igual forma, a través de la mirilla fue testigo de cómo el agua se comió a las montañas. Era el adiós de los pobladores de esa ciudad y de los nefilims y entre ellos, su nieta.

El agua fue aumentando hasta transformarse de un pequeño río, a un mar embravecido. La embarcación se movía de un lado hacia otro sin control humano. Solo sostenido por la fe de sus tripulantes.

Diez días después el mar se volvió calma. Él y sus hijos pudieron salir a la superficie. No había tierra visible. A donde quiera que miraran solo había agua.

—Debo disculparme, Sem —indicó Leina, tocando el hombro de su esposo y el de su suegro.

—¿De qué hablas?

—De mi incredulidad. Me rehusaba a creer en sus palabras. Lamento la pérdida de mi sobrina, y debo confesar que a punto estuve de seguirla.

—Es comprensible, hija. Lo importante es que estamos a salvo y un día el agua se secará y volveremos a pisar tierra firme —explicó Noé.

—Y después, ¿qué sucederá?

—Repoblaremos la tierra, Leina. Contaremos de los pecados de la humanidad, para que no vuelva a suceder. Atestiguaremos la misericordia de Dios hacia nosotros, pero no mencionaremos la tecnología. Ese secreto se lo llevarán las aguas. Cada uno de ustedes deberá partir hacia un lugar distinto de la tierra. Poblaran el mundo y educaran a su descendencia en el amor de Dios. Y ojalá nunca más el hombre quiera sentirse una divinidad, creando máquinas y manipulando las especies. Debe quedar asentado en la ley de Dios.

—Ya no podremos rejuvenecer nuestras células —preguntó Sem, sonriendo.

—No hijo. El hombre vivirá a partir de ahora un máximo de cien años.

El discurso

Adelaida se sentó en el sofá. Observaba la gente a través de la ventana. La música de Bach la relajaba. Cerró los ojos permitiendo que las notas llenaran sus oídos. La puerta se abrió sorprendiéndola.

—Hola —indicó Alberto al entrar.

—¿Es tan tarde?

—No. Salí temprano de la oficina. ¿Qué tal va el discurso?

—No va.

Alberto se sentó a su lado, la tomó de los hombros y acarició su antebrazo. Ella le sonrió, luego agachó la cabeza.

—Quisiera decir algo inspirador, pero no encuentro las frases, o el tono que me agrade.

—Los chicos no vendrán, tienen muchas tareas. Comamos por ahí. Un descanso te servirá para que mañana tus palabras sean las mejores de tu vida.

El ambiente en el restaurante era cálido, la iluminación suave al igual que la música romántica de José José.

♫Un día llegará quizás que tenga que pagar muy caro, por no saber decir que no, al ansia de llegar más alto. ♫

—¿Crees que algún día tenga que pagarlo? —Su voz era un murmullo.

—¿De qué hablas? ¿De tu elección?

—Me hubiera gustado que todo hubiera sucedido de una manera distinta.

Unos meses atrás Alondra Sifuentes, sentada en su mesa, le hablaba de su propuesta. Podría ser la directora de la paraestatal en la que trabajaba. Un mejor sueldo y la posibilidad de avanzar en su carrera.

—Pero según las reglas, debo tener más de diez años de servicio. Además aún no he terminado la maestría. Entiendo que es indispensable.

—No te preocupes esas son nimiedades que resolveremos. Hay gente que me debe unos cuantos favores. Los votos yo los conseguiré. —aseveró Alondra.

La música de José José cambió por algo más moderno. Su esposo la miraba con ternura. Ella correspondía con una sonrisa nerviosa.

—Me siento confundida, tal vez eso no me permite redactar.

—Tú no rompiste las reglas, fueron ellos. Era una oportunidad que no se podía dejar pasar. Sé que puedes hacer mucho bien en ese lugar.

Adelaida observó a su marido, frunció la frente, abrió su boca intentando decir algo. Al final, optó por el silencio.

Esa noche sentada en el desayunador, intentaba terminar su discurso. Escribía unas líneas, luego las borraba. Sonreía ante una frase, torcía sus labios ante otras.

Julio, su hijo adolescente, entró a la cocina. Tomó una bebida del refrigerador, se acercó al papel que su madre garabateaba y dijo:

—¿Aún no lo tienes listo? Mañana será el día, ¿no?

—Me está costando mucho esfuerzo escribirlo. Tal vez no estoy concentrada.

—Deberías imaginar una situación diferente.

—No te entiendo.

—Sí, solo imagina que no hiciste trampa, y te será más fácil redactarlo. —El chico sonreía de una manera franca—. ¿Tú qué crees, Alicia? —preguntó a su hermana que entraba en ese momento—. A mamá se le dificulta escribir su presentación.

La chica se encogió de hombros e indicó: —Yo qué sé.

—¿No te hace sentir orgullosa que haya obtenido ese puesto? —Adelaida preguntó a su hija, ansiosa por la respuesta.

—Me agrada que puedas comprarme el teléfono que te pedí. Si puedes colarte a otro puesto de la misma manera sería grandioso para mí.

Los chicos salieron de la cocina, charlando de la escuela y cosas que solo ellos entendían. Adelaida tomó el lápiz continuó la redacción de su discurso. Esta vez las palabras surgieron sin esfuerzo. Mañana sería un gran día. Dobló la hoja y comenzó a llorar.

La Verdad

No son necesarios los disimulos. Bordear nuestro cuerpo con incertidumbres vanas. Dejar abiertas heridas tan profundas que alteren nuestro espíritu hasta dejarlo hueco, estático, moribundo. No son indispensables los engaños. Más allá de nosotros mismos, me perteneces y te pertenezco. Sin que exista más verdad…  Por ahora.

Tal vez después te irás. Te arrastrará la vida, de la misma manera que ahora nos ha unido. No hay más. No hay espacio para engaños. Simplemente estamos aquí ahora.

La verdad eres tú. La verdad soy yo.

Cuando muere el amor.

 

 

Te vi pasar, tan lejana, tan ausente, como si hubieran sido siglos los momentos sin mí. No pareces extrañarme. Ni que mi ausencia aún te duela. Parecías feliz, segura de ti misma. Fuerte como una roca. Volvió tu sonrisa, aquella que creías haber perdido.

Si hubiera sabido cuanto me dolería tu olvido, jamás me hubiera arriesgado a perderte. La lección ha sido muy dura. Tarde aprendí a no jugar con el amor. Me sentía tan confiado de que nunca te perdería, que no me detuve antes de lastimarte. Al final quien más perdió fui yo.

Después posaste tu mirada en la mía, tan profunda como aquellas veces que me mostraba tus sentimientos. Pero que ahora solo me regaló indiferencia. ¿A dónde se fue tu amor? ¿Acaso se quedó enredado entre todos mis descuidos? Intenté encontrar algún resquicio de la gran exaltación que tiempo atrás te provocaba mi presencia, encontré, sin embargo, la frialdad de una piel dormida ante mi contacto

Un beso en la mejilla como un insensible símbolo de lo que significa el olvido. Un cómo estás sin pasiones, ni el interés de la respuesta. ¿Dónde guardaste mis recuerdos? ¿En qué lugar perdido en tu conciencia encerraste los momentos que vivimos?

—He pensado mucho en ti en estos días —acerté a expresar con torpeza. Sonreíste indulgente pronunciando un simple adiós. Deseaba decir algo que te hiciera recordar lo que antes te unió a mí, pero no encontré nada que pudiera cambiar tu indiferencia.

Ese fue el final de la historia. Hubo tanto amor en ti, tanto, como ahora hay olvido. Te vi alejarte; con cada uno de tus pasos percibí el agonizar de mi esperanza. Cuando muere el amor, no queda más que vacío.