Normalidad

Juliana se asomó a la ventana, en la calle observó a una mujer con mascarilla paseando a su perro. Unos pasos atrás dos jovencitos tomados de la mano caminaban despacio como si el mundo no hubiera cambiado y ellos solo quisieran disfrutar una noche agradable del verano.

—¿Por qué ellos no se cuidan, mamá?

La chica acercó la tableta hacia la ventana para que su madre pudiera ver a los chicos. Eran unos jovencitos de menos de diecisiete, caminando sin pensar en el peligro de estar juntos por la calle. Luisa suspiró antes de responder.

—Es probable que no entiendan bien el peligro, a veces la inmadurez nos hace un poco irresponsables.

Ojalá su mente pudiera tener esa inconsciencia, en lugar de darle vueltas a los miedos una y otra vez. Por la mañana había observado a un vendedor de sandías en un triciclo, con una mascarilla cubriendo su mentón, más por aparentar protegerse que en verdad considerarlo necesario. Entendía porque se arriesgaba, la venta de la sandía significaba el alimento que llevaría a su hogar ese día, pero esos jóvenes salían sin impórtales el peligro.

—¿Algún día regresará todo a lo normal?

—¿Qué representa para ti lo normal?

—La forma en que vivíamos antes. Salíamos sin miedo de acercarnos a las personas. Íbamos a conciertos empujándonos unos a otros, o cantando y gritando al unísono de un desconocido que compartía nuestra alegría de estar ahí.

—No lo creo. Pasará mucho tiempo para que eso suceda, tendremos que adaptarnos a una nueva forma de vivir.

Juliana se quedó pensativa mirando el rostro de su madre a través de la pantalla, luego volvió a mirar por la ventana a un grupo de niños jugando con una pelota. Hizo un gesto con su boca, tenía la misma edad que los chicos tomados de la mano; sin embargo, ellos no compartían su temor.

—Debo irme, Luisa. Cuídate. No olvides verificar que todo esté bien con tus abuelos

—Lo haré, no te preocupes. Antes de dormir y temprano por la mañana. Tú también cuídate mucho. Ojalá pronto podamos estar cerca. No me importaría arriesgarme con tal de darte un beso.

—Lo sé, cielo, pero debemos cuidar a los abuelos. Prefiero verte así a través de la tableta. No me perdonaría que por mi trabajo en el hospital alguno de ustedes enfermara. Te amo.

Juliana apagó la tableta al momento que su madre cortó la llamada. Otra noche de guardia, otro día viviendo una nueva normalidad.

 

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