Sucesión De Recuerdos.

Conforme Basilio se iba aproximando a San Felipe, su corazón se aceleraba. Había imaginado este día, siempre con diferentes resultados. Sintió miedo, tanto, que estuvo tentado de girar el volante y dirigirse a una zona segura. Sin embargo, sabía que le era indispensable enfrentarse a sus miedos y terminar con la incertidumbre.

La primera edificación era el hospital central, así lo indicaba el letrero sobre la reja. Era un sitio decadente que semejaba las ruinas de una construcción que algún día fue importante. Un kilómetro después, comenzaron a aparecer las pequeñas casitas de colores vivos mezcladas con la herencia cultural y la esperanza del México rural.

El muchacho había pasado toda su vida en Monterrey, no conocía de pueblos mágicos, ni costumbres ancestrales, no obstante, le pareció que cruzaba un portal en el tiempo y el espacio que lo llevaría a situaciones desconocidas.

Detuvo el automóvil frente a la plaza principal. La altura de los árboles indicaba su antigüedad. Un poblado de más de cuatrocientos años, cuya iglesia se erguía como testigo fiel de al menos la mitad de ese tiempo.

Cerró la portezuela despacio y se encaminó hacia una banca asoleada para poder observar el poco movimiento. Luego cruzó la calle para dirigirse a la puerta principal del templo. Las figuras estaban en su mente. Había una estatua de un hombre con un chiquillo en los brazos, sus ojos bajaban al rostro del niño con una profunda tristeza. Sus padres no eran religiosos, no recordaba un día que lo hubieran forzado a asistir a un servicio. No obstante, la figura estaba en su memoria.

Entró despacio, el silencio le parecía perturbador. Había demasiadas imágenes, ninguna, la que buscaba. A unos pasos del altar, al lado derecho había un pequeño cuarto con estatuas tras una reja. Se acercó a observarla y pronto encontró la que rastreaba. Igual que en sus recuerdos.

Se apresuró a alejarse. Tal vez podría dejar de sentir el estremecimiento y la reacción de su piel. Cada vello en su cuerpo se erguía ante lo que había encontrado ahí. Se dirigió a la plaza de nuevo, cruzó la calle perdido en sus pensamientos.

—¡Cuidado! —gritó una joven a bordo de una bicicleta.

Saltó con rapidez evitando el embate. La joven sonrió, sus ojos brillaron con viveza.

—Ten más cuidado. Qué… ¿De dónde vienes no hay calles? ¿No sabes lo peligroso que es cruzar sin fijarte? —indicó la chica sonriendo aún.

El joven devolvió la sonrisa, no solo por la confianza que le hizo sentir, sino por lo ridículo que le pareció que viniendo de una ciudad tan grande, una jovencita en la calle de un poblado pequeño, le estuviera recriminando su falta de pericia al cruzarla.

—Me parece que me engañó la tranquilidad del lugar. Crucé sin percatarme de tu paso. Ya que mi torpeza te hizo detener, me gustaría pedir un poco de información. Estoy buscando a una mujer llamada Mariana Castillo. Creo que vive aquí, aunque no tengo mayores detalles sobre ella.

La sonrisa de la muchacha se desvaneció. Apretó los manubrios y por primera vez lo miró con recelo.

—¿Quién la busca? ¿Quién eres?

—¿La conoces?

—No has respondido. ¿Quién eres?

—Necesito hablar con ella. Es personal. No creo que mi nombre te diga mucho, me llamo Basilio Ortiz. Ahora dime si sabes algo de ella.

La muchacha guardó silencio por unos segundos, mientras se agachaba a revisar las llantas. Luego dijo:

—Sube. Te llevaré con ella.

—¿Sí la conoces?

—Es mi madre.

La última vez que había subido a los diablos del piñón de la bicicleta tenía siete u ocho, y su papá le había dado un tremendo sermón acerca de la seguridad.

—Tengo mi automóvil estacionado por allá, guardaremos tu bici y me llevarás.

—No me subiré contigo en ningún automóvil. Ni sé quién eres, no conozco tus intenciones, o subes, y te llevo, o caminamos hasta allá empujando la bici. Te advierto que está lejos.

—Caminemos pues.

—Eres un cobarde.

Ella sonrió y él se encogió de hombros aceptando la observación.

Era una casa rústica, con paredes empedradas desde el suelo hasta poco más de un metro de altura. El tono grisáceo de la piedra combinaba con el verde oliva de la pared. La puerta vieja de madera crujió al empuje de la chica.

—Quédate aquí. Voy a llamarla.

Entramos a un zaguán con baldosas de ladrillo rojo. Las paredes eran aguamarina, demasiado color, comparado con los tonos neutros de su departamento. Las flores y las jaulas de los canarios terminaban el cuadro de una casa distinta a las que estaba acostumbrado a visitar; sin embargo, se sintió cómodo. Se sentó en una de las mecedoras que se recargaban a cada lado de la pared. La madera era suave, pasó sus dedos por las figuras talladas al borde del descansa brazos varias veces, con la sensación de que alguien lo hizo antes.

—Buenos días. Me ha dicho Rebeca, mi hija, que desea verme.

Dijo una mujer de cabello entrecano recogido en una trenza que iniciaba en la parte superior trasera de su cabeza y bajaba hasta los hombros. Usaba un vestido holgado que llegaba hasta sus pantorrillas y sus pies iban descalzos.

—¿Había un niño al que le gustaba acariciar esas mecedoras?

—No lo sé. Esas sillas son viejas. Mamá las heredó de mi abuela. Supongo que algún niño se entretuvo en sus recovecos. ¿Qué puedo hacer por ti? Te ves cansado.

—Fueron más de seis horas de camino, salí muy temprano para llegar a buena hora.

—Vayamos adentro. Debes estar hambriento, preparé un poco de atole y pan de nata. Estoy segura de que te gustará. ¿No has desayunado, verdad?

Recordó en ese momento que no había probado bocado.

—En realidad, se lo agradecería mucho.

El comedor era sencillo pero agradable. Rebeca estaba en la cocina colocando las tazas y los panes sobre la mesa. El olor del pan recién horneado y el atole de nuez le dieron una sensación interesante, de pertenencia. Los primeros bocados le trajeron evocaciones de algo que nunca había vivido, de nuevo

—¿Esta casa es suya, señora Castillo?

—Perteneció a mis abuelos, luego a mis padres; ellos murieron, mi papá hace dieciséis años y ella hace poco tiempo —indicó Mariana.

—Lo siento. —La mujer asintió—. Una casa con mucha historia, me parece.

—Imagina lo que habrá presenciado en todo este tiempo. Toda la historia de mi familia. Desde los abuelos hasta Rebeca, a quien ya conociste.

—¿Siempre son tan hospitalarios con los visitantes desconocidos?

—Este pueblo es pequeño, no es frecuente que vengan extraños, y mucho menos que nos visiten en esta casa —explicó la joven mientras servía otra taza del dulce líquido.

—Entiendo.

—Además hay algo en tus ojos que me inspira confianza. No lo sé, me da la sensación que te he conocido antes, lo cual es casi imposible, eres demasiado joven, y yo nunca he salido de mi tierra. ¿Habías venido alguna vez? Me pareces familiar. —al decirlo, Mariana tocó el rostro del chico con ambas manos. La sensación de la piel fue reconfortante para ambos.

—No lo creo. ¿El nombre de Lucía le es familiar?

—¿Lucía?

Alejó sus manos de su rostro y se levantó de la mesa confundida. Se acercó al fregadero para lavar las tazas.

Rebeca se sentó en la mesa, mirando de forma fija al muchacho y preguntó:

—¿Qué buscas?

—Respuestas a mis evocaciones. Creo que me volveré loco si no encuentro lógica a lo que me ocurre. Tengo detalles de situaciones, lugares, incluso personas que jamás en mi vida he visto. Ahora mismo, al entrar a la iglesia recordé haberlo hecho muchas veces.

—¿Son visiones? —Continuó el interrogatorio de la joven.

—No, son recuerdos. Mis padres me aconsejaron que fuera con un terapeuta, aun así, no he encontrado ninguna razón para lo que me sucede. Me ha indicado medicamentos que me rehusé a tomar. Por eso decidí buscar el sitio de mis memorias cuando supe que existía.

—¿Y por qué buscaste a mamá? ¿Ella también está en esos pensamientos?

—Su nombre, aunque no su rostro. Esta casa, la comida, todo lo recordaba. No es la sensación de que este momento lo hubiera vivido, es el recuerdo de alguien más, no lo puedo explicar. Busqué información y he leído que este tipo de cosas les pasan a las personas que han recibido un trasplante. Ellos tienen recuerdos de su donador. Es como si al trasplantarle un órgano, les hubieran trasplantado la memoria también.

El rostro de Rebeca mostró asombro, antes de preguntar:

—¿Y a ti te han hecho eso, me refiero a donarte algo?

—No, siempre he sido sano. Mi único problema de niño eran mis pesadillas. Me despertaba llorando sin recordar lo que soñé, fue en mi adolescencia, después de un accidente, que los sueños se transformaron en imágenes más claras.

Mariana se sentó de nuevo y tras unos segundos inquirió:

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —Él asintió—. ¿Te adoptaron?

—¿Cómo lo supo?

—Lucía es mi tía, solo unos años mayor que yo. Ella se embarazó, aunque nunca supimos el nombre del padre de su hijo —explicó Mariana.

—Jacinto —el joven murmuró un nombre —. Ella estaba enamorada de Jacinto.

La mujer cubrió su boca con sus manos, el brillo de sus ojos delataba las lágrimas que contenía.

—¡Dios santo! Mamá, es Jacinto, el asesino de mi tía Graciela.

—Jacinto era mi cuñado, desapareció después de su muerte, por lo que la policía supuso que él la mató. Tiempo después tía Lucía nos informó que estaba embarazada. El niño nació hace veintitrés años.

—¡Es mi edad!

— A los dos meses de su nacimiento— continuó Mariana—, tomó al pequeño sin decirnos a donde iría, regresó sola. Nos dijo que lo había dado en adopción, aunque nadie le creyó. Todos pensaron que se lo había llevado a su padre. Nunca quiso volver a hablar de ese incidente.

—¿Me está queriendo decir que Lucía puede ser mi madre, y estas remembranzas, le pertenecen?

Mariana guardó silencio unos segundos. Respiró profundo antes de contestar:

—Eso creo. Aunque no podemos estar seguros.

—Tal vez recuerdas las cosas que pasaron mientras ella estaba embarazada. Suena extraño, pero no encuentro otra explicación. —sugirió Rebeca.

Basilio reflexionó unos momentos. Sin embargo, había recuerdos que parecían anteriores. Negó con la cabeza antes de explicar.

—Evoco un día con claridad. Veía a dos niñas de unos siete años. Estaban cerca de un río. Una de ellas cayó al agua. La persona luchó por salvarla, al final lo logró. Y el recuerdo termina.

—¡Dios santo! —exclamó Mariana—. Las niñas éramos mi hermana Graciela y yo. Me resbalé y no era una buena nadadora, La tía Lucía me salvó. Pero, ¿cómo puedes recordar eso? Ella era una adolescente. Es tan extraño todo esto.

—Creo que deberíamos ir a casa de tía Lucía, mamá.

—Tienes razón, tenemos que ir a verla. Ella es la única que puede aclarar las cosas. ¿Vendrás con nosotras, Basilio?

—Por supuesto.

La casa de Lucía estaba a solo unas cuantas cuadras de ahí. Caminaron los tres en silencio, cada uno intentando buscar una respuesta lógica a lo que ocurría. Las calles empedradas y sinuosas, parecían interminables debido a su agitación.

Se detuvieron frente a una pequeña vivienda de color amarillo con puerta de madera recién pintada, aún guardaban el olor a la sustancia que usaron para restaurarla. La misma Lucía abrió, sorprendida de su visita. A diferencia del hogar de Mariana, no existía ningún zaguán, entraron directo a un patio de bellas columnas rodeado por las habitaciones.

—Buenos días, tía, o debería decir tardes —saludó Mariana.

—Pasa de las doce. Lo cual me parece extraño, no vienen muy seguido a visitarme y mucho menos a esta hora del día.

Los hizo pasar a la sala, un lugar pequeño, decorado con buen gusto. Las plantas, las flores, los cuadros en la pared, cada cosa armonizaba, aun así al muchacho le pareció solitario.

Mariana estrechó los hombros del joven, acercándolo a Lucía.

—Te presento al joven Basilio. Ha venido a conocerte.

—¿Basilio? —preguntó abriendo los ojos y clavando su mirada en el muchacho.

—¿Sabes quién soy?

—Hace tiempo le di ese nombre a un niño.  Me imagino que por eso viniste. Lo que no entiendo es que haces aquí. En los documentos que firmé, dejé la indicación de que no se me buscara, ni se dieran mis datos.

—No recibí la información de una forma normal. No sabía que tú eras mi madre cuando llegué. Aunque sé sobre Jacinto.

—¡Cállate no tienes derecho!… No entiendo. Nadie lo sabía. Lo sabías tú Mariana, lo supiste siempre. Te quedaste callada, aun sabiéndolo.

—Mamá y yo nos acabamos de enterar. Él nos lo contó.

—Esas son tonterías. Él no puede saberlo.

—Es algo extraño, pero real. También tengo otro recuerdo. Es de noche, camino hasta llegar a la plaza, voy cargando una maleta, me siento en una banca a esperar, pero pasa el tiempo y no llega esa persona.

Su rostro se puso pálido, se desvaneció. Basilio la tomó en sus brazos y la colocó en el sillón. Rebeca buscó el alcohol para reanimarla. Las lágrimas de Mariana no pudieron detenerse más. Había sido un día terrible.

Lucía se reanimó y miró al joven con recelo.

—Sabes todo. No lo entiendo. Lo sabes todo. Yo no quise hacerlo. No era mi intención.

—¿De qué hablas, mujer? Eso no lo entiendo. ¿Lo sabe usted, Mariana?

Ella negó con la cabeza.

—Él se arrepintió, no quiso dejar a Graciela —explicó Lucía—. Lo esperé por horas, hasta que amaneció y me convencí que no vendría. Él sabía que estaba embarazada, pero se sintió culpable, le confesó a su esposa que se había enamorado de alguien más, pretendía ser sincero con ella. Llegué en ese momento, ella se enfureció, de alguna manera lo entendió todo. Me reclamó, forcejeamos y cayó, se golpeó la cabeza. No pudimos evitarlo, ninguno de los dos quería hacerle daño.

—¿Por qué huyó? Si lo de tía Graciela fue un accidente, hubieran podido decirlo. —La voz de Rebeca indicaba su conmoción.

—Tuvimos miedo. La gente me juzgaría, dirían que yo lo había hecho por celos.  Intentó salvarme. No dudaron de su culpa. Me dijo que volvería, pero no lo hizo nunca. Yo tenía tres meses de embarazo, y lo demás ya lo saben.

—Ese no era uno de mis recuerdos.

Tres meses después, Basilio colgó el teléfono, estuvo hablando con su prima Mariana de las novedades de su vida. Ella y Rebeca decidieron ser parte de su familia, no necesitaban más pruebas de su parentesco. En cambio, su madre biológica, no quería estar en contacto, ni él tampoco. No fue a ese pueblo buscando algo que siempre tuvo. Solo esperaba encontrarle sentido a sus imágenes.

El ruido del timbre interrumpió sus pensamientos. Había quedado con sus amigos de ver el juego en su departamento. Los jóvenes entraron con el bullicio acostumbrado. Griselda encendió el televisor, aún era temprano, estaba el noticiero, para después darle paso al partido. Él escuchó la voz del conductor de televisión.

«En otras noticias, científicos plantean la posibilidad de trasplantar memorias, después de varios experimentos exitosos en los que se han implantado recuerdos a unos gusanos de mar a través del ácido ribonucleico. Y me surge la pregunta, ¿entonces las memorias, pueden ser hereditarias también? Después de todo, tanto el ADN como el ARN se transmiten genéticamente y son determinantes para definirnos como individuos. Tal vez pronto descubramos muchas cosas más de este interesante tema.»

—Cambia el canal Griselda, me gustan más los otros comentaristas —le pidió Roberto.

—No espera, quiero escuchar más de ese experimento —indicó Basilio, imaginando a donde lo llevaría su próxima investigación.

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