Promesa de amor

Las casas pintadas de colores fuertes le daban un toque alegre al pueblo, que contrastaba con la tristeza de Celia Medina y Pablo Contreras. Caminaban de la mano rumbo a la terminal de autobuses, donde el joven comenzaría su travesía hacia los Estados Unidos.

—Voy a extrañarte tanto, tu voz, tus ojos, tu cabello ensortijado, déjalo siempre largo, así, libre. Me voy para luchar por un futuro mejor. ¿Me esperaras? Júramelo.

—Por siempre—respondió la muchacha—. Te lo juro. No cortaré mi pelo hasta que vuelvas, será una señal de que estoy unida a ti. Pero tú también promete que no te enamoraras de otra en ese lugar.

—¿Quién tan bella como tú? Nadie.

—Prométemelo.

—Claro que sí. Volveré por ti.

—Si un día me olvidaras me transformaría en un ser sin alma, mi vida terminaría y mi carne se uniría a la naturaleza, al fuego, a la tierra, al agua y al viento.

Pasaron tres años desde que él se fue. El cabello de Celia llegaba abajo de su cintura. Caminaba a su trabajo por las mañanas, orgullosa de que él la siguiera amando a pesar de la lejanía.

Sin embargo, un lunes de noviembre, cuando el aire fresco se cuela entre los cuerpos que deambulan por las calles, la joven se sintió extraña, un calor interno la recorrió. Comenzó en sus pies, y los días siguientes llegó hasta su cabeza.

Su madre apreció el rubor en sus mejillas, tocó su frente, por lo que enseguida llamó al doctor Espino. El medico la examinó y mandó hacer diversos estudios; sin embargo, ninguno de ellos explicó las razones de su malestar, que conforme pasaban los días se hacía más severo.

—Llama a Pablo, madre. Pídele que no me olvide. —les pidió un día, poco antes de perder la conciencia.

—Si hija, lo haremos, no te preocupes.

Por la noche lo llamaron, desde el teléfono de Celia, no obstante las muchas llamadas, Pablo no respondió a ninguna.

La fiebre se intensificó, a pesar de los medicamentos para bajarla y los trapos húmedos que colocaban en su frente. Por las noches era necesario bañarla varias veces, evitando que la temperatura la dañara de forma permanente.

—¡Lupe! Cambia las sábanas de la cama de Celia, está llena de tierra por todos lados, ¿no la cambiaste ayer que la bañamos? —llamó su madre a la muchacha del servicio.

—Sí la cambié señora.

—Pues hazlo de nuevo.

Su padre cargó a Celia para ayudar a Lupe a cambiar la ropa de cama. El hombre observó el rostro de la chica cuya piel estaba reseca y descascarada. Minutos después de colocarla de nuevo en el lecho, la mujer notó nuevos terrones sobre la tela limpia, levantó el rostro, pero no parecía que el techo estuviera desprendiéndolos.

Aunque cambiaban las sabanas cada día, los terrones no dejaban de brotar de su piel, llamaron al doctor Espino, pero una vez más, desconocía la cura a la enfermedad. Llamó a distintos colegas en un lugar y otro, y ellos daban distintas recomendaciones, sin que ninguna funcionara.

Al día siguiente, las sabanas amanecieron cubiertas de humedad, el cuerpo de la joven desprendía un sudor espeso mezclado con barro, su rostro estaba cubierto de arrugas como si se estuviera deshidratando poco a poco.

Siguieron el consejo de Lupe respecto a llamar a Doña Nayla, la hechicera del pueblo, quien al llegar, esparció un polvo azul sobre el cuerpo de la enferma, diciendo tres veces:

—Espíritu de Celia, vuelve en ti.

Ella abrió los ojos, sin contemplar a nadie, con la mirada perdida.

—Te estás transformando en fuego, tierra y agua, necesito saber la razón— preguntó la hechicera.

—Una promesa de amor. Volveré a ser parte de los elementos si él me olvida —advirtió, luego volvió su inconciencia.

—Lo siento, nada pueda hacerse, pronto se convertirá en aire, el cuarto elemento, y desaparecerá para siempre, no sé cómo romper ese juramento —Nayla advirtió.

—No conocía esa promesa, solo la de no cortarse el cabello hasta que él volviera —dijo Rosaura, la hermana de Celia.

—Pronto traigan unas tijeras —ordenó la mujer, abriendo lo ojos con esperanza.

Cortó el pelo de la enferma a la altura de las orejas. Lo dividió en cuatro. Quemaron una parte, la segunda fue enterrada, la otra la tiraron al río y la última fue arrojada hacia el viento.

La fiebre despareció al instante, conforme pasaron los días, su piel comenzó a recobrar su lozanía. Un mes después volvía a la fábrica donde trabajaba y continuó con su vida normal.

Pablo nunca regresó. Ella conoció otros amores, a los que nunca más les permitió decidir sobre el largo de su cabello o su apariencia, y se prometió a ella misma no transformarse jamás por amor o desamor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: