Un día Único

El caminar apresurado de Marion era portentoso. La tela ligera de su vestido se balanceaba al ritmo de sus pasos. Su cabello suelto demarcaba un rostro exquisito y sonriente mientras sentía el aire con olor a hierba penetrar en su cuerpo. El gentío a su alrededor la observaba, aun si hubiera deseado ser ignorada. No podía pasar desapercibida, incluso en una ciudad tan grande como México.

Era habitual sentir las miradas fijas en ella; sin embargo, se turbó ante la sensación de un escrutinio diferente. Divisó a un hombre alto, bien parecido, de mediana edad, usaba un abrigo negro a pesar de la temperatura elevada. Aparentaba ser inofensivo, aunque siguió mirándola de fijo después de que Marion giró para observarlo.

Después de segundos de miradas fijas, decidió continuar su camino a un paso regular, luego aceleró un poco al sentirse perseguida, miró hacia atrás, su corazón comenzó a latir con rapidez a causa del acoso. Estaban en un lugar lleno de personas. «¿Se atrevería a lastimarla entre la multitud?»

Se quitó las zapatillas que la hacían vulnerable, corrió tan rápido como pudo, sintiendo el calor del pavimento en su piel, esquivaba coches en la carretera o gente en las banquetas. Descansó hasta que no lo veía más. Examinó el entorno jadeando, asustada, se esfumó, pero no se sintió segura todavía.

—Disculpe. —Una mujer mayor se excusó por empujarla sin intención.

—No hay problema, señora —contestó aliviada al ver que no era ese tipo.

—No temas — prosiguió la señora—. Pareces confundida, linda.

—Gracias. Me siento mejor.

—Dios está siempre cerca. Quizás esa persona solo deseaba darte un mensaje.

—¿Dios?… ¿Quién?

La mujer sonrió y continuó su camino. Marion la observó embobada hasta que desapareció en la esquina de la calle. Había sido una tarde extraña, solo quería llegar a casa para dormir temprano. Viernes por la noche. ¡Para nada! Era más seguro mirar una película en cama.

La mañana siguiente despertó de madrugada, limpió el departamento, luego, comenzó su arreglo. Hoy sería un nuevo día, algo en su interior le indicó que iba a ser único.

Desayunaría con su hermana como cada último sábado del mes. Su viejo automóvil estaba en el taller, así que tomó un taxi, incluso a las nueve de la mañana el tráfico era terrible. Optó por bajar unas cuadras antes.

—Estoy seguro de que será un día único, ¿no lo cree? —el taxista pronunció esas palabras.

—¿Perdón?

—Muchas gracias.

El automóvil avanzo a gran velocidad. Marión eligió olvidar su sorpresa al escuchar sus ideas en las palabras de aquel taxista. Mera casualidad.

Cruzó la calle para travesar el parque, tenía suficiente tiempo, deambuló distraída a paso lento. Se sentó en una banca, otorgándose un momento de paz. Una pequeña de no más de diez años y rizos hermosos se acercó con una pelota en sus manos.

—¿Lo harías? —preguntó la niña

—¿Cómo te llamas? —preguntó mirando a los ojos oscuros de la niña.

 —Sandy.

—Ok Sandy. ¿Deseas que juegue contigo? La niña negó con la cabeza.

—Eres tú quien puede hacerlo único. —Corrió con su pelota abrazada.

—¡Sandy, no te vayas! Dime lo que quieres decir. Se levantó para ir tras ella, pero alguien tomó su brazo deteniéndola. Volteó, lanzó un sollozo, el tipo del día anterior estaba frente a ella.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —Soltó su brazo.

 —Acaso importa.

—¡Eres un loco! Miró a su alrededor, buscando la manera de escapar. Se apresuró hacia la carretera, él la siguió, ella giró al escuchar un carro acercarse. Él la alejó de la posición de peligro para protegerla. El coche no se detuvo.

Ese extraño la salvo, quedó en medio del pavimento, levantando sus manos, pidiéndole que se acercara.

—Tienes un don con el cuál naciste. Lo sabes. Pero no es exclusivo. Tienes que aprender a usar los otros. —Murió. Ella sostenía su mano. Era el comienzo de un confuso y único día.

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