Dinora

             —Está muerto. —Dinora jugueteaba con la bastilla de su bata mientras escuchaba a la mujer del servicio de emergencias a través del celular. —Estoy segura. No respira y tiene un color azulado.

             Le dio las indicaciones para llegar a la casa, luego tomó el trapo de la limpieza y comenzó a sacudir los muebles de la sala.

             —Eres un haragana, Dinora. ¿Cuántas veces tengo que castigarte por dejar el polvo detrás de las puertas? —La voz de su marido invadió sus recuerdos. Aventó el trapo al sillón, nadie más tendría que decirle cuando y cómo limpiar.

             Evaristo le pareció un joven amable, apuesto y trabajador, que le ofrecía una vida simple. Al principio del matrimonio, incluso, era cariñoso. Sin embargo, no era posible satisfacer su perfeccionismo. No habían tenido hijos, algo que de alguna manera siempre le reprochó.

             «Dinora tráeme las vendas, mujer. Sabes que las necesito para mis rodillas… Dinora, deja de estar perdiendo el tiempo, quiero mis periódicos.. Pero inútil, ¿hasta qué horas se come en esta casa?»

             Dinora, Dinora, Dinora. Estaba cansada de escuchar su nombre asociado a una orden. Desde que Evaristo se había jubilado, la situación era peor, su enojo se acentuaba con los años, aún más con las horas de ocio.

             Lo escuchó toser. Llevaba días aquejado de un dolor en su brazo izquierdo. Esta noche era su tos que no les permitía dormir.

             —Agua, mujer —indicó con la voz ronca y apenas audible por el esfuerzo. Dinora fue por el vaso, lo lleno del filtro, estaba caliente, con seguridad se lo reprocharía. Le colocó unos hielos. Ahora se sentía fría, diría que lo haría seguir tosiendo. Escuchaba la expectoración pertinaz mientras volvía a servir más agua del grifo.

             Esta vez era la temperatura correcta. Caminó hacia la recámara, con el vaso en la mano, cuando escuchó una tos enérgica, seguida de un jadeo intermitente. Al entrar Evaristo tenía las manos cruzadas en su cuello, los ojos desorbitados y un color azulino en el rostro.

             Dinora sintió temor de su mirada. No sabía si le recriminaba su tardanza o era su lucha por respirar. Cayó torpemente, doblado, con el rostro sobre la sábana, los pies unidos y las rodillas alejadas, semejante a un sapo. Debía ser una posición incómoda. La mujer intentó moverlo, pero su fuerza no era suficiente. Levanto la pierna derecha, colocó el pie por debajo del pecho del hombre, apoyó su espalda en la pared mientras empujaba, haciéndolo girar, un brazo le quedó torcido bajo su espalda. Su cuerpo quedó extendido en toda la cama. Ella acercó su mano a la nariz de su esposo, no pudo sentir su aliento.

             —Estúpido. También para morir eres un estúpido. —Tomó una sábana limpia del cajón, la colocó en el suelo, y durmió sobre ella hasta que amaneció. A la primera luz del día dobló la sábana y buscó el celular del marido.

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